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Ade's Tales

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Ade's Tales

Mensaje por Adarea el Vie Mar 12, 2010 3:52 pm

Me han aconsejado que colgase mis relatos todos en un mismo post, así que edito y pongo aquí lo que he colgado hasta ahora.

Relatos
I. El Cazador de Dragones
II. La Bruja Condenada


Última edición por Adarea el Vie Mar 12, 2010 3:55 pm, editado 1 vez
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Re: Ade's Tales

Mensaje por Adarea el Vie Mar 12, 2010 3:52 pm

Weeno... como en el hilo de la presentación dije que me gustaba la fantasía épica y queríais leer algo mío cuelgo aquí un relato ya de sobras conocido por internet. Ha recorrido muchos foros y ha sido publicado en blogs e incluso webs. Lo escribí hace tiempo, pero yo nunca me canso de él.


El Cazador de Dragones

Los hombres se removieron inquietos en la escarpada colina del volcán. Hacía calor y todos ellos se encontraban en peligro de que la montaña entrara en erupción, pero en esos momentos no temían a ese riesgo, sino a otro peor.

El jefe de los mercenarios, un tal Frazo, se adelantó y trepó hasta una gran roca en la que se encontraba Orión. Frazo titubeó antes de hablar, cosa normal, pues el aspecto del cazador de dragones era todo menos tranquilizador: piel oscura, pelo largo, fuertes y abultados músculos y semblante serio.

-S-señor –lo llamó.

Orión, ballesta en mano, se dio la vuelta y clavó sus oscuros ojos en el jefe de los mercenarios.

-¿Qué ocurre? –gruñó.

-Los hombres… tienen miedo, señor.

El cazador puso los ojos en blanco.

Había contratado a ese grupo de mercenarios de segunda en la ciudad más próxima a ese mismo volcán, Tross, para una peligrosa empresa, cuyo cometido no había revelado hasta el último momento. Les había hecho jurar que guardarían silencio, pues lo último que deseaba era que algún otro listillo le hiciera la competencia en esa caza, y luego les había contado sus planes a los aterrorizados mercenarios.

-Me da igual –repuso-, vuelve a tu puesto y espera mi señal.

-P-pero… ellos no rendirán igual con ese miedo en el cuerpo.

-¿Son palabras de aliento lo que pides? –rugió- Pues de mí no las obtendrás. Ve a tus hombres y diles que comprueben que los arpones estén listos. No existen palabras de aliento para los cobardes –añadió antes de que Frazo se diera la vuelta y se marchara.

Lo vio alejarse jugueteando con la empuñadura de su espada, nervioso y temeroso como los demás, pero no le importó. Él había pagado por sus servicios una gran cantidad de oro por adelantado y ahora les tocaba a ellos hacer su parte.

Orión alzó la vista al firmamento y contempló la esfera luminosa del astro rey que poco a poco se iba acercando a la fina línea del horizonte. Por oriente ya se podía ver la silueta de la luna llena, no muy definida por la luz de los rayos del sol, pero ahí estaba. Aunque era una tontería fijarse en la luna cuando todo su ser debía estar puesto en la dirección opuesta: hacia el sol. Este cada vez se encontraba un poco más cerca de su destino y Orión cada vez más cerca de su presa.

Ya falta poco –pensó-. Apenas un minuto.

Miró de reojo el cráter del volcán y fijó su mirada en el oeste.

-Cinco… -murmuró- cuatro…

El sol cada vez estaba más cerca del horizonte.

-Tres… dos…

En unos segundos tendría lugar su puesta y con ella…

-Uno…

El sol chocó contra la línea del horizonte y el cielo se tiñó de tonos rojizos y naranjas.

Orión volvió bruscamente la cabeza a la boca del volcán y apenas tuvo que esperar para ver a emerger de ella a la criatura que había estado esperando desde hacía tanto tiempo. Salió rápido como una flecha para fundirse con los colores del ocaso. Su enorme cuerpo estaba recubierto por brillantes escamas rojas. Sus enormes extremidades terminaban en imponentes garras de marfil capaces de destrozar cuanto se le pusiera delante. De su cabeza puntiaguda salían dos largos cuernos y su espalda estaba recorrida por esos mismos pinchos hasta el final de su larga cola. Se sostenía en el aire gracias a su par de grandes alas membranosas que lo convertían en una de las criaturas más rápidas del mundo.

Orión se permitió el lujo de contemplarlo con la satisfacción dibujada en la cara durante unos instantes. Ahí tenía a su amada presa, su dragón.

-¡Arponeros! –bramó- ¡FUEGO!

De entre los pedruscos de la irregular ladera salieron disparados enormes arpones sujetos con cuerdas por su extremo terminal al lanzador.

Contaban con la ventaja de la sorpresa, pero aún así el dragón pudo evitar a la mayoría de los proyectiles. Hubo uno que se le clavó limpiamente en el flanco izquierdo y otro le arrancó un trozo de membrana de un ala, lo que hizo enfurecer al sorprendido dragón. El animal prorrumpió en rugidos de frustración y vomitó enormes lenguas de fuego sobre el lugar desde cuál habían disparado los arpones. Un par de lanzadores sucumbieron ante el fuego y de ellos salieron varios hombres envueltos en llamas que se revolcaron entre gritos de dolor y pánico por el suelo.

Orión dejó escapar una maldición, apuntó al dragón con su ballesta y disparó. Una flecha normal, al igual que un arpón cualquiera, habría rebotado contra la escamada piel del animal o, como mínimo, le habría llegado a causar algún rasguño, pero Orión iba preparado. Se había ocupado personalmente de bañar las armas que iba a usar en aquella cacería en la misma agua con la que un hada hubiera tomado un baño antes. Ese pequeño ritual hacía que aquel metal fuera incluso más duro que las escamas de un dragón. Y por ello la flecha que Orión disparó se clavó certeramente en la garganta del dragón. Justo en el mismo instante en que otra descarga de arpones tenía lugar.

El dragón se arrancó con sus garras y mandíbulas los arpones que le atravesaban el cuerpo, pero no puedo hacer lo mismo con la flecha del cazador. Esta era demasiado pequeña, y se le había clavado en la garganta, con lo cual no podía ver de ella más que las plumas de cisne cuando doblaba la cabeza en un ángulo extraño. Los esfuerzos por librarse de esa maldita flecha que lo iba asfixiando poco a poco le hicieron perder la concentración en su vuelo defensivo, por lo que, cuando una tercera descarga de arpones fue disparada, el dragón ejecutó una difícil maniobra de esquive y cayó ladera abajo aterrizando torpemente entre los árboles de un tupido bosque del pie del volcán.

Los mercenarios miraron con una mezcla de curiosidad y temor el punto en el que el dragón había caído. Algunos comenzaron a celebrar el éxito de su cacería y el que aún conservaran la vida, pero Orión sabía que la cosa aún no había terminado. Se cargó la ballesta al hombro y se lanzó ladera abajo. Cuando llegó a la altura de los lanzadores se detuvo a recargar su carcaj apresuradamente.

-¿A dónde va con tanta prisa? –preguntó Frazo, el cual tenía la mitad del cuerpo quemado por las llamas del dragón-. Esa bestia infernal ya está muerta.

-Un dragón no muere fácilmente –le espetó Orión-. Y otra cosa –dijo deteniéndose en seco y clavándole el dedo índice en el pecho-, ese ser tiene mucho menos de bestia de lo que tienes tú.

Y sin decir más emprendió una frenética carrera por la ladera del volcán dejando atrás a Frazo y los demás mercenarios. Bajaba haciendo eses o saltando de peñasco en peñasco. Cuando caía rodando se levantaba magistralmente y seguía corriendo sin apartar la vista de su camino y del lugar en el cual había caído el dragón. Más pronto de lo que habría cabido esperar, Orión se encontró con los primeros árboles. No eran tan tupidos como los que había en el corazón del bosque, pero sus copas eran bastante frondosas.

El cazador se internó en el bosque y corrió entre los árboles mientras cargaba su ballesta con una nueva flecha. Esperaba no tener que utilizarla, pero nunca se sabía tratándose de un bosque tan extenso y plagado de magia. Recorrió zonas por las que las ramas de los árboles no dejaban que los últimos resquicios de los rayos del sol pasaran y construían grandes túneles vegetales. Orión, orientándose por la memoria, se dirigió hacia donde recordaba haber visto caer al dragón, y no se equivocaba. Tirado de cualquier manera sobre troncos derribados de árboles se hallaba el magnífico ejemplar. Era de tamaño mediano y tenía los ojos anaranjados. Respiraba acompasadamente y por los orificios de su nariz salían de vez en cuando pequeñas nubes de humo.

-Aquí estas –dijo Orión echándose la ballesta al hombro y contemplando al dragón con seriedad.

Aquí estoy –dijo el dragón proyectando este pensamiento en la mente del cazador- ¿Has venido a terminar tu trabajo, asesino?

-Tú lo has dicho –afirmó este-. Pero no me llames asesino.

¿Cómo sino he de llamar a quién mata a mis congéneres por dinero o puro placer?

-Prefiero el nombre de cazador.

Pues bien, cazador –dijo con serenidad-. Haz lo que has venido ha hacer y líbrame de este inútil sufrimiento.
-¿Por qué tanta prisa? –preguntó apoyándose en el tronco del árbol más cercano-. Otros como tú no pensaron en otra cosa que en maldecirme infinitas veces antes de perder la vida.

Y tú estás orgulloso de ello, ¿no?

Orión le dedicó una media sonrisa.

-Siempre me han interesado los dragones. Sois una especie mágica y legendaria.

Nos admiras y nos matas.

-Es la misma táctica que tu raza usa con sus comidas. ¿Me equivoco?

No es lo mismo, nosotros lo hacemos para sobrevivir.

-¿También el dragón negro de Rumay?

El dragón giró la cabeza, lo que hizo que una rama que tenía al lado del cuello se partiera con un sonoro chasquido, y la flecha se le clavara un poco más.

¡Mátame ya! –suplicó con los ojos llorosos.

Orión asintió. Dejó la ballesta en el suelo y se aproximó al dragón desenvainado su espada. La agarró con las dos manos y apoyó la punta en la nuca del dragón.

-Ve con los tuyos –dijo simplemente.

Me esperan desde siempre –contestó el dragón débilmente.

Orión alzó la espada y la clavó en la nuca del dragón atravesando limpiamente las brillantes escamas y salpicando sangre roja sobre la fresca hierba. El dragón tuvo una convulsión y cerró los ojos para no volver a abrirlos jamás.

El cazador arrancó la espada del cadáver, limpió su filo en la piel del dragón y volvió a envainarla. Alzó la vista y le sorprendió ver el oscuro cielo plagado de estrellas y coronado por una enorme y resplandeciente luna llena que iluminaba la tierra con su luz fantasmagórica.

¡PLUM!

Una fuerte explosión resonó en el valle. Orión dirigió su mirada hacia la montaña y vio una densa nube de humo negro que salía del cráter del volcán.

Ha entrado en erupción –se dijo.

-En fin –suspiró recogiendo su ballesta del suelo-, a veces ocurre.

Y se internó en el bosque, en dirección contraria al volcán. Que cada uno se buscara la vida, su tarea en ese lugar ya había terminado. ¿Qué sentido tenía permanecer ahí más tiempo?

Pobres mercenarios –fue su último pensamiento cuando, estando ya en la salida del valle, echó la vista atrás y vio cómo el bosque comenzaba a perecer bajo los ríos de lava que escupía el despiadado volcán.



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Re: Ade's Tales

Mensaje por Adarea el Vie Mar 12, 2010 3:54 pm

Y este es otro relato de una temática que se podría calificar como fantasía épica. En un origen fue más largo, pero como lo escribí para presentarlo a un concurso y su extensión máxima tenía que ser de 3 hojas, tuve que hacer algunos cortes para abreviarlo. Con todo, creo que no se nota demasiado.
Este relato no es posterior a El Cazador de Dragones, pero sigue siendo de hace tiempo.
Que lo disfrutéis


La Bruja Condenada

El caballo, asustado, se irguió sobre sus patas traseras y tiró a su jinete al suelo antes de salir corriendo como alma que lleva el diablo hasta perderse por el estrecho desfiladero que se abría entre las montañas. Lizard, que así es como se llamaba el hombre, maldijo al animal y se puso en pie comprobando que no se había roto nada. Todavía no había llegado a su destino, la Torre de la Niebla, la cual se alzaba aterradoramente en la distancia. Un manto de niebla blanca la envolvía haciendo honor a su nombre y dificultaba el camino para aquellos que se aventurasen a llegar hasta ella. Lizard no temía todos aquellos cuentos supersticiosos que le habían contado en la ciudad, pero aquella luz que se veía únicamente las noches de luna llena desde el valle lo inquietaba y lo invitaba a desvelar aquel misterio. Hacía décadas que nadie había intentado llegar hasta la Torre, así que esta sería una buena forma de hacerse nombrar; tal vez, incluso como el hombre que derrotó a la malvada Bruja de la Niebla, la cual vivía en la Torre. Lizard se había echado a reír cuando le habían contado que aquella misteriosa niebla que ocupaba el lugar de noche, sin importar la estación en la que estuvieran, se tragaba a la gente, pero ahora no estaba tan seguro del grado de dificultad de su viaje. El camino era peligroso y sino veía donde ponía los pies podría despeñarse. Además, su montura había huido con todas las provisiones y mantas y no estaba seguro de la distancia que le separaba de su destino, ni siquiera sabía si podría resistir aquel frío mucho más tiempo con la única protección de su capa, la cual se le antojaba más fina que nunca.

Se frotó el pecho y las extremidades para entrar un poco en calor y miró en redondo, buscando algo con lo que facilitarse en camino. Dio con el esqueleto de un raquítico arbusto que había crecido entre las rocas. Arrancó el escuálido tronco y con un puñal cortó las raíces y algunas ramas molestas. Aquello le serviría de bastón para le camino, se dijo y se puso en marcha, siempre con la vista fija en la ventana iluminada que cada vez era menos visible a causa de la niebla.

Debieron pasar una o dos horas, puede que algo más, cuando Lizard, usando en todo momento el improvisado bastón como si fuese ciego, chocó contra algo de forma circular. Acercó la cara hasta que la nariz casi le chocó contra la piedra negra de una columna cilíndrica y no muy alta, pues pudo ver, no sin dificultad, que dicha construcción estaba coronada por una fea gárgola que parecía amenazar a los visitantes o burlarse de ellos. Ésa debía de ser la entrada, pues, sino recordaba mal, le parecía haber oído algo sobre dos monstruos infernales guardaban sus puertas. Dos gárgolas alzadas en columnas, pensó el hombre apunto de echarse a reír. Franqueó la puerta, pues la otra columna debía de quedar a su derecha, y algo extraño ocurrió. De repente la niebla desapareció y volvió a ver con total claridad, en cambio a su espalda seguía habiendo niebla. Enseguida se entendió que tan solo era una especie de protección, pues alrededor de la Torre no había ni un vestigio de niebla.

Una vez superada aquella barrera se vio ante una descomunal construcción, también de piedra negra, que se alzaba desde el suelo hasta casi tocar el oscuro cielo tachonado de estrellas. Lizard se quedó sin habla al contemplar desde ahí abajo el edificio, pero él era un hombre sin miedo, y no se amedrentó. Tiró el bastón y subió de dos en dos la sinuosa escalera que llevaba hasta las puertas y, excitado por el peligro, empujó los portones de roble. Las puertas cedieron antes incluso de que llegara a tocarlas, como invitándole a entrar en la boca del lobo. El interior estaba en penumbras, pues tan sólo la fantasmagórica luz de la luna y las estrellas que se colaba por las ventanas iluminaba el enorme recibidor circular. Dos escaleras idénticas trepaban por los costados de la torre hasta llegar al techo, el cual se alzaba muy por encima de su cabeza, hasta casi la mitad juraría. El ascenso hasta ahí arriba prometía ser difícil y peligroso, pero era el único camino hacia la habitación iluminada que debía estar por encima de su cabeza.

Lizard comenzó a subir por la escalera de su izquierda. Los desgastados peldaños le hacían resbalar cada vez que daba un nuevo paso, por lo que el ascenso fue lento y tedioso. Después de lo que parecía una eternidad llegó a los últimos escalones y se vio en un oscuro corredor. No había luz alguna que lo iluminase, pero el hombre no perdió su guía. Al final del corredor, una franja de luz iluminaba un rellano de donde partía una pequeña escalera que ascendía. Esa luz no era la misma que iluminaba la Torre, sino anaranjada, más cálida que la fría luz de la luna y las estrellas. Allí estaba la habitación. Lizard sonrió y caminó a ciegas, sin perder de vista aquel resquicio de luminosidad que marcaba su meta. Se llevó una mano al cinto y aflojó su espada, dispuesto a utilizarla si se presentaba la ocasión. Con la otra mano empujó la puerta, cuyos goznes chirriaron al moverse, y subió atropelladamente los tres escalones que había para irrumpir en la habitación.

Pero ahí no había nadie, ni siquiera parecía que la estancia se hubiese utilizado en décadas. Las telarañas cubrían por doquier las pilas de gruesos volúmenes que se amontonaban por el suelo y una persistente capa de polvo impregnaba cuanto había en la estancia. La luz provenía de una chimenea en la que ardía un fuego que calentaba la habitación. Frente a esta había una destartalada mecedora de madera carcomida, el único mueble aparte de una larga mesa llena de frascos que contenían líquidos de diferentes colores y densidades.

Lizard miró de un lado a otro, pero no encontró a ninguna bruja, fantasma o aparición. Todo parecía… normal, dentro de lo que cabe. Tal vez hubiese alguien como él en aquel lugar, alguien a quien no le asustasen ese tipo de lugares y decidiese pasarse de vez en cuando por aquella torre. El hombre suspiró desilusionado y por una vez, en todo lo que había durado su viaje, se quitó la capucha que cubría sus facciones por completo. Tenía el pelo rubio y los ojos marrones, así como una mandíbula cuadrada. La tenebrosa y misteriosa Torre de la Niebla le había desilusionado bastante, pensaba abatido mientras tomaba asiento en la mecedora olvidándose de su estado. Ésta se rompió al intentar sostener tanto peso y Lizard calló al suelo entre trozos de madera y la nueve de polvo que se levantó. El hombre tosió y tosió y trató de huir de la enorme polvareda que acababa de levantar, temiendo asfixiarse. Sacó la cabeza por la ventana y respiró el frío aire de la noche. Fue entonces cuando se percató de que la noche ya estaba apunto de tocar a su fin y, como si aquel pensamiento hubiese llamado al cansancio, éste acudió al cuerpo de Lizard tentándole con imágenes de mullidas camas de plumas en su imaginación.

… quédate... –susurró una voz en su cabeza- ... estás cansado…

Efectivamente lo estaba, hasta tal punto que ya comenzaba a desvariar. Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza antes de de cruzar la habitación hasta la puerta, pero apenas había llegado a esta cuando vio un cómodo sillón que antes no estaba ahí. Parecía en muy buen estado y ni siquiera estaba sucio.

… descansa... –repitió aquella suave voz tentadora- apenas puedes moverte…

Dio unos pasos hacia el sillón y su piernas, hartas de tenerlo en pie, lo abandonaron postrándolo de rodillas. Lizard se agarró a la mesa y se dio impulso para ponerse en pie. Pasaría ahí el resto de la noche y al alba saldría de la Torre.

... pero tienes sed… la garganta reseca…

De entre todos los frascos de diferentes formas había uno con una forma muy parecida a una copa, pese a la tapa que lo cubría. En su interior descansaba un líquido rojo oscuro con apariencia de vino.

… bebe…

Tomó el frasco en sus manos y agitó el líquido, pero no ocurrió nada. Aún así seguía desconfiando.

… bebe…

Le quitó el tape con brusquedad, cada vez más impaciente por beber algo que refrescase su destrozada garganta.

… solo es vino… huele…

Olía como el vino. Lo cató y… ¡sabía a vino! Sin pensárselo dos veces vació su contenido de un trago y dejó el frasco de cristal en la mesa. Ahora ya podía descansar tranquilo. Caminó hacia el sillón y se desmoronó en él.

… duerme… descansa…

Lizard cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño al instante.

En la chimenea, las llamas cambiaron de color, se volvieron negras y explotaron. Cuando la nueve de humo se disipó de su interior salió una mujer alta y pálida, de largas extremidades y rasgos angulosos. Sus ojos rasgados eran negros, tanto como su revuelta cabellera de ébano que recorría su espalda hasta la cintura. Un andrajoso vestido negro cubría la desnudez de su esbelta figura y en las manos de largos y finos dedos portaba un cáliz de plata que contenía un líquido rojo oscuro, del cual bebió con avidez. Terminado ya, arrojó la copa a la chimenea de la que había salido y se acercó a Lizard, que dormía placidamente en el sillón. A una orden de la mujer el sillón desapareció y el hombre calló al suelo, pero no despertó.

-Duerme… -susurró en su oído- Descansa eternamente por mí –añadió malévolamente y comenzó a reír como una loca.

De un tiró le arrancó la capa y se la colocó sobre los hombros. En aquel momento, por el horizonte asomaron los primeros rayos del sol, que penetraron en la estancia dando de lleno en la cara de la mujer. Ella se cubrió instintivamente, pero pronto descubrió que no le hacían nada. En cambio, a su lado, Lizard comenzó a desaparecer hasta que de él no quedó nada. La mujer rió de nuevo mientras se acercaba a la puerta.

-Hasta siempre, Señor de la Niebla. Velad por vuestra maléfica Torre –se despidió antes de salir de la estancia riendo de alegría -. Yo volveré a ser Nebel, la temida bruja Nebel. Libre de nuevo y para siempre.



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Re: Ade's Tales

Mensaje por Ayashi375 el Vie Mar 12, 2010 6:58 pm

¡Hola! Como dije, aquí vengo Wink Dejo un comentario para el primero, y luego más adelante leeré el segundo y también te lo comentaré.

Por ahora, El Cazador de Dragones.

1. Historia.
Uff. Muy buena. Un protagonista de lo más...¿a su bola?...que no siente apego por nada ni nadie. Quizá por los dragones. ¿Si los admira por qué los caza? ¿QUé quería decir eso del dragón negro de Rumay? ¿Qué se esconde, en definitiva, detrás de este relato? Malvada T.T Así lo dejas, sniff...

2. Estilo.
A ver. Algunos fallitos he encontrado. Por ejemplo, "esos mismos pinchos", los de la espalda, me suena...raro. Sé lo que quieres decir, pero la expresión me suena mal.
"Amada presa". Hum. Diría que "amada" tiene un significado totalmente distinto al que pretendes expresar. Esperada, ansiada,...pero amada no me pega.
"Lo que has venido ha hacer". Es "lo que has venido a hacer".
"Me esperan donde siempre". El resto de palabras del dragón estaban en cursiva.
Aparte de eso, no he visto destacables faltas de ortografía, ni tampoco de puntuación. No obstante debo decir que no he sido capaz de sentirme dentro de la historia: no he podido sentir la emoción del cazador, el miedo de los mercenarios, el dolor de los quemados ni la ira del dragón. Puede que se deba a una escritura que ya tiene su tiempo.

Como ya he dicho, la historia me ha gustado mucho, pero creo que podría estar mejor expresada, de una manera más emotiva.
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Re: Ade's Tales

Mensaje por Adarea el Vie Mar 12, 2010 11:01 pm

Cosetas.
Primero gracias por haber leído el relato y por haber hecho una crítica.
Después, las palabras del dragón están en cursiva porque el dragón las proyecta en la mente del cazador, no sé si eso lo puse por algún lado. Y la última frase del dragón era "Me esperan desde siempre" no "donde siempre", eso lo has leído mal. En cuanto a lo de las expresiones.... pues escribí este relato con 14 años, qué quieres que te diga, a esa edad no tenía muchos más medios para describir algo (y lo de pinchos creo que lo leí en un libro xDD...), pero, con todo, no voy a alterar el relato porque ahora sea más... madura o lo que sea. Es casi como un recuerdo xDD..

Pues nada, cuando te leas el segundo ya me contarás. Pero, una cosa que hay que tener en cuenta, es que ambos relatos los escribí para un concurso (con El Cazador de Dragones gane un segundo puesto ^ ^) y había un límite de extensión. Los dos relatos, si se quita el doble espacio, ocupan tres hojas justas, así que no podía explayarme mucho más.
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