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Pensando por escrito

Mensaje por mariajo el Dom Jun 27, 2010 5:35 am

Bueno, por fin me animo a colgar algún relato mío por aquí ^^
¡Que disfrutéis la lectura! sunny

Relatos:
Siempre
Espérame


Siempre

Camino despacio por la playa, con los pies descalzos para sentir la frialdad de la arena. Aún no es verano y el tiempo no invita precisamente a pasear por la playa a estas horas de la noche, pero eso es lo que más me gusta. Todo el pueblo está casi desierto, sobre todo las casas de la costa, pues los pocos que ya se han tomado las vacaciones se concentran en el centro. Sigo andando a unos dos metros de la orilla, aunque a veces el agua me alcanza y me recorre un escalofrío debido a la baja temperatura del mar. Veo de reojo el reflejo de la luna, balanceándose suavemente a mi izquierda, y una hilera de casas a mi derecha, cada vez más alejadas entre ellas.
Nunca me ha dado miedo estar por aquí solo, ni siquiera cuando era pequeño. Muchas noches me escapaba de nuestra casa del centro y venía a la playa. Hace ya varios años que mis padres no pasan aquí los veranos, pero yo he seguido viniendo a pesar de sus protestas.
Entonces, más allá del ruido de las olas, oigo una música que viene de una de esas casas. Me detengo y presto atención. Reconozco la melodía, aunque no sabría decir cómo se llama. Me pongo otra vez en marcha y la sigo, con paso ligero. Cada vez la escucho más alto, hasta que por fin me detengo delante de una gran casa blanca, con enredaderas en la fachada y grandes ventanales que miran al mar.
Sin pensármelo dos veces, me dirijo hacia la puerta y, al ver que está entreabierta, la empujo un poco y entro. Al instante la música me envuelve por completo, como si surgiera de cada centímetro de la casa. Pero no veo a nadie.
-¿Hola? –digo alzando la voz.
La música se detiene unos segundos para luego retomar el ritmo de nuevo. Me adentro un poco más en el gran salón y descubro el origen de la suave melodía. En una esquina de la estancia, en penumbra, un chico de no más de veinte años toca el piano con los ojos cerrados. Sus dedos se mueven ágilmente sobre las teclas, superponiendo unas notas con otras. Yo me quedo embobado mirándolo. Entonces, de repente, abre los ojos y me mira, esbozando una pequeña sonrisa.
-Perdona, la puerta estaba abierta… -digo-. Te escuché tocar desde la playa.
-No pasa nada –dice-. Soy Tristan.
-Yo Eric –contesto.
-¿Vives aquí? –me pregunta, sin dejar de tocar pero haciéndolo más despacio.
-Tengo una casa en el centro, pero sólo para los veranos –respondo-. Tu casa es… muy grande.
-Bueno, en realidad es de mis abuelos, pero como ellos ya no la utilizan, me dejan quedarme algunas temporadas –explica.
Yo asiento con la cabeza y miro a mi alrededor. La verdad es que es impresionante. Sólo el salón ya es como la mitad de mi casa entera.
-No deberías andar por ahí solo tan tarde, ¿no crees? –dice frunciendo el ceño.
-Bueno, al menos no soy yo el que se ha dejado la puerta abierta para que entre cualquiera…
Nos quedamos en silencio durante unos segundos, mirándonos el uno al otro, y entonces empezamos a reírnos, decidiendo que ya es hora de dejar el juego. Él se levanta y viene hacia mí. Me abraza con fuerza y yo le rodeo también con mis brazos.
-Eric –susurra.
-No sabes cuánto te he echado de menos –le digo.
Nos separamos y nos sentamos en dos grandes sofás que están en el centro del salón. Hablamos de cómo nos ha ido el invierno, de la universidad, de nuestros padres… Él me cuenta lo increíbles que fueron los conciertos que dio el mes pasado, y yo lo bien que lo pasé en el viaje a Italia. Y así nos vamos poniendo al día de nuestras vidas.
Conozco a Tristan desde que éramos un par de críos. Siempre hemos sido amigos y pasamos juntos todos los veranos. Creo que es la única razón por la que sigo viniendo año tras año.
-Oye, te veo genial –dice.
-Pues tú estás muy blanco –bromeo.
-No he tenido tiempo de tomar el sol…
-Entonces vamos ahora –digo levantándome y arrastrándolo hacia la puerta.
Al principio se resiste, pero luego me sigue el juego. Salimos a la playa y forcejeamos entre risas hasta que acabamos los dos tirados en la arena, jadeando. Nos incorporamos y nos sentamos frente al mar, ya más calmados.
-Eh, ¿has estado yendo al gimnasio? –pregunta-. El año pasado no podías conmigo.
-¡No olvides que soy cinturón negro! –le espeto.
-Sí, ya…
Seguimos bromeando mientras los minutos pasan. Había olvidado cómo era estar aquí. Es extraño, como si nuestra vida de verdad fuera ésta y el resto del año fuera sólo de relleno. Es aquí, en verano, cuando somos nosotros mismos.
Entonces cojo la mano de Tristan con la mía y lo miro a los ojos. Sí, definitivamente él es la razón. Sonríe y se acerca para besar mis labios. No es un beso largo ni intenso, pero es todo lo que necesito.
-¿Te he dicho ya que te he echado de menos? –pregunto en voz baja cuando nos separamos.
-Mmm… creo que no –contesta con una sonrisa zalamera.
-Pues lo he hecho, y mucho.
Se tumba en la arena y apoya la cabeza en mis piernas, usándolas a modo de almohada.
-Yo también –murmura.

Los días van pasando, cada vez más cálidos, y el pueblo va aumentando su actividad, aunque las casas costeras siguen vacías. Tristan y yo apenas pisamos el centro y es como si estuviéramos solos aquí, y eso me gusta. Además, como su casa está casi a las afueras, también esta parte de la playa está vacía, sólo para nosotros. Prácticamente me he trasladado aquí, pues yo vivo bastante lejos y sería un rollo tener que ir y venir todos los días.
-Eric, ¿lo saben tus padres? –me pregunta un día mientras desayunamos.
-¿El qué? –contesto sin saber de qué habla, y luego caigo en la cuenta y lo miro-. ¿Qué estamos juntos?
Él asiente y espera mi respuesta.
-Bueno, yo no se lo he dicho, pero creo que lo sospechan desde hace un par de veranos. Si no, ¿por qué iba a seguir viniendo?
-Ya. Además, está lo de aquella vez… -dice intentando contener la risa.
-Dios mío, ya no me acordaba… -me río también, aunque noto que me pongo rojo-. ¿Cuántos años teníamos?
-14 ó 15 –contesta-. Fue aquella noche que salimos y bebimos por primera vez. Nos pasamos un poco y llegamos a tu casa muy tarde. ¿Recuerdas la cara de tu madre cuando entró por la mañana en tu habitación y nos encontró dormidos en calzoncillos y abrazados?
-Entonces ni siquiera sabía que me gustabas.
-Por suerte ahora lo sabes –dice mientras se acerca a mí y me abraza por detrás, besándome el cuello. Yo me dejo llevar.
Tristan pasa las manos por debajo de mi camiseta y acaricia mi espalda. Pero de repente se detiene y va hacia el piano.
-Ya lo tengo –murmura para sí mismo.
-¿Qué pasa? –digo un poco molesto, pero él no me contesta.
Sus dedos se mueven sobre las teclas, apenas rozándolas, mientras él tararea algo y hace anotaciones en unas hojas de papel. Después de unos minutos me mira y sonríe.
-Llevo varias semanas con una melodía rondándome la cabeza, pero cuando he querido tocarla le faltaba algo –se calla y vuelve a tocar, aunque yo no distingo el ritmo-. Eras tú lo que faltaba –termina-. Eres la inspiración que necesitaba.
-Ah –es lo único que digo-. Me alegro de servirte de algo.
Pero Tristan ha vuelto a su mundo, donde sólo están él y la música.
Continúa así todo el día, y sólo al final de la tarde consigo convencerlo para que vayamos a la playa, aunque accede a regañadientes e insiste en llevarse los papeles para seguir trabajando en la canción.
Hacemos un pequeño picnic, consistente en una botella de vino y una tarta de frambuesas.
-Sólo el postre, ¿eh? –dice alzando las cejas.
-Ya lo sabes, me gusta ir al grano…
Tristan se ríe y se acerca a mí. Me tumba boca arriba y se inclina para besar mis labios. Yo cierro los ojos y noto cómo los besos se van deslizando por mi cuerpo, pasando por el cuello, la clavícula, el pecho… hasta llegar a mi ombligo. Me recorre un cosquilleo.
-Te quiero, Eric –dice recostándose a mi lado.
-Yo también –susurro-. Desearía quedarme así para siempre.
Él no dice nada y lo miro. Veo que está muy serio y tiene los ojos brillantes. Los cierra y una lágrima escapa entre sus pestañas.
-Eh, ¿qué pasa? –me incorporo y él también lo hace.
-Nada –susurra-. Es sólo que yo también lo deseo, Eric. Deseo con todas mis fuerzas quedarme contigo para siempre –su voz se ha ido volviendo más dura.
-Tristan…
-No es nada –repite con una sonrisa amarga y me da un beso en la mejilla.
-No me mientas.
Los dos guardamos silencio durante unos minutos. Unos minutos muy largos. Al final le cojo la mano para animarle a que me lo cuente, sea lo que sea.
-No he querido decírtelo antes para que no te preocuparas, para no estropearte el verano –se calla un instante-. Fue hace casi un año, justo al final del verano pasado…
Se levanta y me da la espalda. Luego sigue hablando.
-Eric… tengo cáncer –se le quiebra la voz al final y sé que está llorando.
Yo me quedo paralizado. No puedo hacer nada, no puedo decir nada. Sólo miro la espalda de Tristan. Cierro los ojos muy fuerte, intentando no llorar yo también. Pero esto no puede ser verdad. Tristan no puede tener cáncer. No aquí, en nuestra playa, en nuestro verano.
Al final me levanto y lo rodeo por detrás con mis brazos. Es el único consuelo que puedo ofrecerle por ahora. Noto que sus hombros suben y bajan cada vez más despacio, mientras se calma. Nos sentamos otra vez y él se separa un poco de mí.
-¿Estás bien? –pregunto con cuidado, sintiéndome un poco tonto.
-Sí –murmura-. Aún estoy bien, pero ¿qué va a pasar cuando ya no lo esté? ¿Cuando no pueda ni levantarme de la cama? –hay una pizca de enfado en sus palabras.
Yo también estoy enfadado. Enfadado por que el cáncer lo haya elegido a él, por no poder hacer nada, por que él no me lo haya dicho hasta ahora.
-No lo sé, Tristan –contesto-. Pero sí sé que, pase lo que pase, yo voy a estar ahí, ¿me oyes?
Él suelta una carcajada amarga y me mira fijamente.
-Es muy fácil decirlo –suelta-, pero no tienes ni idea de lo duro que es en realidad.
-¿Entonces por que has tardado tanto en contármelo? –alzo la voz, irritado-. Has tenido un año para hacerlo, y…
-¿Y eso que habría cambiado? –me corta-. Tú no habrías podido hacer nada, y ahora tampoco puedes.
-Pero podemos superarlo juntos –insisto.
-Sí, quizás durante unos años. Y luego, ¿qué?
Me sorprende su comportamiento. Él nunca ha sido así. Se está cerrando, rindiéndose sin haber luchado. Y está haciendo que yo me sienta culpable.
-No puedo creer lo que estás haciendo, Tristan –susurro, mirándolo fijamente.
Él se levanta y aparta la mirada de mí. Coge las hojas de su canción y las arroja al mar.
-Que te jodan –me dice en un susurro, y se aleja hacia la casa.
Yo voy a por los papeles y, aunque la tinta se ha corrido por el agua, todavía puedo distinguir algunas notas en los pentagramas y leer el título de la canción: “Eric”.

Pasan algunos días y no sé nada de él. He vuelto al centro, aunque tengo casi todas mis cosas en su casa. He intentado asimilarlo todo. Es una de esas cosas que les pasa a los demás pero que jamás esperas que te ocurran a ti. Y sigo sin creerlo. Sencillamente, no puedo.
Al cabo de una semana, caminando por la playa, escucho una música fuerte y rápida. Voy hacia su casa y compruebo que la puerta está abierta, así que entro. Tristan está tocando con mucha furia, desahogándose. En cuanto me ve, se detiene bruscamente.
-Hola –saludo.
-Hola.
-Pensé que quizás querrías esto –me acerco y le tiendo los papeles arrugados que recuperé del agua. Él los coge de mala gana y los deja sobre el piano.
-Lo siento –dice-. No debí comportarme así. Fui un imbécil.
-Sí, fuiste un imbécil –afirmo-. Pero fuiste un imbécil por no decírmelo antes, ¿sabes?
-No quería que me vieras más débil, que sintieras pena por mí. No quería que todo cambiase.
-Pues lo ha hecho –digo-. Pero hay que adaptarse a los cambios. Yo estoy dispuesto a intentarlo, pero necesito que tú también lo intentes.
Él no dice nada, sólo sonríe débilmente.
-¿Vas a hacerlo? –insisto-. ¿Lucharemos, los dos?
-Sí –susurra-. Joder, sí.
-Ya vuelves a ser tú –sonrío aliviado-. Aunque sigues siendo un imbécil.
Tristan hace una bola con los papeles que le acabo de dar y me los lanza con fuerza.
-¡Eh! –grito, divertido.
-No necesito eso para saber cómo suenas –dice, y se vuelve de nuevo hacia el piano.
De pronto, una melodía que jamás había escuchado empieza a inundarlo todo. Comienza despacio y luego va alternando momentos rápidos y suaves, en perfecta armonía. Tristan toca con los ojos cerrados, muy concentrado.
-Así eres tú –murmura al final, mientras sus dedos dejan que la música se desvanezca por completo, y yo me quedo sin aliento.

El resto del verano es muy raro. Intentamos estar como siempre, pero es imposible. Hay detalles que hacen que recuerde a cada minuto cuál es la realidad.
Los días en los que Tristan se siente peor, cada vez más habituales, se enfada y lo único que puedo hacer es dejarlo solo. Pero después, al día siguiente, vuelve a aparecer sonriente, como si no hubiera pasado nada.
En teoría hoy es uno de esos días, uno de los buenos. Ayer se levantó cabreado y me gritó que le dejara en paz, así que no me quedó más remedio que irme a mi casa.
Vuelvo a primera hora de la mañana y lo encuentro sentado en la arena, contemplando el mar. Me acerco y me dejo caer a su lado.
-Buenos días –digo alegremente, pero él no me contesta y ni si quiera me mira.
Le doy un codazo suavemente, pero sigue sin decir nada. Normalmente, en días como éste, es él quien está ansioso por hacer cosas, bromeando continuamente. Me pregunto en qué estará pensando.
-Yo también tengo miedo, ¿sabes? –digo al cabo de unos minutos-. Tengo miedo de que todo pase muy deprisa.
-Yo no tengo miedo –contesta al fin, y sé que no está intentando parecer fuerte, sino que es la verdad.
No sé qué más decir y me quedo callado. Entonces él me mira y sonríe. Me recuerda al niño que conocí hace años. Coge mi mano, se levanta y tira de mí, arrastrándome hasta el agua.
-Vamos a nadar –dice.
Me detengo cuando las olas mojan mis pies. El agua está muy fría, pero a él parece no importarle. No deja de reírse, como si estuviera loco, hasta que al final me contagia a mí también. Y así, entre risas y con la ropa puesta, corremos hacia el interior del mar, salpicándonos todo lo que podemos. -No tengas miedo –susurra mientras me abraza. Y resulta extraño, porque se supone que soy yo el que debería consolarle a él-. Aquí el tiempo no pasa, así que no tienes de qué preocuparte.
-Ojalá fuera así –digo apretándome más contra él.
Entonces se separa y me mira con los ojos muy abiertos y esa sonrisa suya que tanto me gusta.
-¿Me estás llamando mentiroso? –dice con fingida aflicción.
-Pronto tendremos que irnos, Tristan. Las vacaciones están terminando –digo seriamente-. El verano no puede durar siempre. ¿Y si el año que viene tú…?
Me quedo en silencio, sin poder terminar la frase y arrepintiéndome de haberla empezado. La sonrisa se borra de su cara y aparta la mirada. Mete la cabeza en el agua y sale a los pocos segundos. Extiende los brazos y mira hacia arriba, gritando:
-No va a pasar nada, ¡porque soy inmortal! Los dos lo somos. ¡Y siempre estaremos aquí! ¿Me oyes?
Yo sonrío con lágrimas en los ojos y él se acerca otra vez y me besa.
-Estás loco... ¿Inmortales? –murmuro mientras me río.
-Sí, sabes que es así –contesta, esta vez más serio.
Y tiene razón. Sé que, pase lo que pase, siempre estaremos aquí, en nuestra playa, en nuestro verano. Y nada ni nadie podrá cambiar eso.



Última edición por mariajo el Dom Jul 04, 2010 7:12 am, editado 1 vez
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Re: Pensando por escrito

Mensaje por mariajo el Dom Jul 04, 2010 7:10 am

Espérame

La veo caminar despacio hacia mí y yo la espero, luchando contra el impulso de salir corriendo y rodearla con mis brazos. Viene mirando hacia el suelo, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Es su chaqueta favorita, la que le regalé hace ya mucho tiempo. Hace bastante frío y el viento sopla con fuerza, a pesar de que brilla el sol y apenas hay nubes en el cielo. Cuando llega, mantiene la vista fija en el suelo. Parece cansada y quiero preguntarle cómo se encuentra, pero me contengo. ¿De qué serviría?
-Hola –murmura finalmente.
-Gracias por venir –contesto.
Se arrodilla en el césped y yo me siento enfrente de ella, a unos pocos pasos. Permanece callada y a nuestro alrededor reina el más absoluto silencio, salvo por el sonido del viento y el de las hojas de los árboles. Sólo veo a alguna persona solitaria pasar de vez en cuando a lo lejos.
-Por favor, di algo –suplico.
-Te echo de menos –dice, y alza al fin la mirada. Tiene los ojos brillantes y me duele no poder consolarla.
-Yo también –susurro.
Ella vuelve a quedar en silencio y, al cabo de unos minutos, sonríe amargamente.
-¿Sabes? Hoy hace 6 años que nos conocimos –dice, jugueteando con una pequeña flor que nace del suelo.
-Lo recuerdo.
-Y hace casi 3 años que no estamos juntos –vuelve a mirar hacia abajo.
Sé que le pasa algo y quiero abrazarla, pero sólo soy capaz de seguir mirándola. Se ha cortado el pelo desde la última vez que la vi, y está preciosa.
-¿Por qué me dejaste? –pregunta y, sin esperar respuesta alguna, sigue hablando-. Aún sigo esperándote por las noches, y todas las mañanas me sorprende no verte a mi lado. Aún guardo las cartas que siguen llegando a tu nombre, pensando que algún día vendrás –se pasa una mano por el pelo y suspira-. Dios, me siento tan estúpida diciendo todo esto... Todavía no lo entiendo.
-Yo tampoco lo entiendo, y quisiera volver junto a ti, pero he aprendido a aceptarlo –susurro-. Lo siento.
Entonces una lágrima empieza a resbalar por su cara.
-Hoy necesitaba venir. Necesitaba decirte que he... –se detiene un segundo para coger aire-... he conocido a alguien.
Ahora entiendo por qué está así. Se siente culpable, y no me gusta verla así. Como ella ha dicho, hace casi 3 años que no estamos juntos.
-Me alegro de que sigas adelante –sonrío débilmente.
-Es un buen chico –ella también sonríe-. Me cuida mucho pero... no eres tú.
Alzo la mano para recoger sus lágrimas, pero me detengo a unos centímetros de su cara. No soportaría no poder sentirla como antes. Entonces es ella quien se seca las mejillas, y yo retiro la mano.
-Lo único que quiero es que seas feliz –digo-. Si ese chico te hace feliz, para mí es suficiente. Sólo quiero que estés bien y que no llores más por lo que pasó.
Se vuelve a hacer el silencio a nuestro alrededor. Ella alza la cabeza hacia el cielo durante unos segundos y luego vuelve a mirar hacia delante.
-Quisiera volver a aquel día para poder cambiar el destino.
-Eso es imposible –susurro, odiando mis palabras.
Ella también lo sabe y agacha la cabeza.
-Sé que el destino no se puede cambiar –murmura-, pero, a pesar de eso, siempre te querré.
-Yo también.
Entonces saca del bolsillo una pequeña hoja de papel y la deja en el suelo, entre los dos. Yo no la miro, pues prefiero mirarla a ella mientras esté aquí.
-Siempre –sonríe.
Entonces se inclina hacia delante y alza una mano, mientras deja escapar otra lágrima, pasando los dedos lentamente por la superficie de la lápida. Acaricia con cuidado las letras de mi nombre y noto que se rompe algo dentro de mí. Me es imposible describir lo que siento.
No puedo evitar acercarme a ella y darle un beso en la mejilla. Quiero gritar de desesperación al ver que ninguno de los dos ha sentido nada. La observo levantarse.
-Hasta... Dios sabe cuándo –susurra.
-Adiós –contesto, impotente.
Se da la vuelta y comienza a alejarse de mí, atravesando el cementerio hacia la salida. Quisiera correr hacia ella y decirle que estoy aquí, gritarle hasta que me escuche, besarla hasta que me sienta. Pero no puedo. Ella está viva, y yo no.
Cuando ya ha desaparecido, recuerdo la nota que ha dejado en el suelo y me agacho para verla. Sólo una palabra decora el pequeño trozo de papel. Sonrío al leerla.
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