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Los festejos del ocaso.

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Los festejos del ocaso.

Mensaje por Urdoomhascome el Vie Jul 16, 2010 3:30 pm

Ocaso

Era un día caluroso, de esos en los que la superficie de los caminos empedrados se convierte en una barrera muy dolorosa de franquear para los pies descalzos. La ciudad estaba somnolienta, iluminada por las últimas luces del atardecer, que proveían a las casas, las ventanas, las terrazas y los cadáveres diseminados por las calles de un resplandor sangriento y decadente.

Era el segundo día de los festejos, y el clímax de la celebración estaba aproximándose. Los cuerpos estaban destrozados de mil maneras, partidos por la mitad, degollados, con sus intestinos humeantes esparcidos por doquier… Aquí y allá había unos pocos con un simple agujero en sus sienes, víctimas de disparos de fusil muy certeros, y otros brutalmente asaeteados por diestros arqueros. Ciertamente, en el arte de matar, no había límite a la creatividad humana. Así pensaba la gente de la ciudad y así lo demostraban cada tres ciclos, cuando el sol se erguía en su punto más alto y la luna no aparecía por espacio de tres días, un ocaso sempiterno que invitaba a la decadencia y a la gloriosa autodestrucción. Se celebraban unos pocos combates ceremoniales, que no eran sino duelos donde había que seguir largas y aburridas series de reglas, utilizar las poco elegantes armas de fuego y donde los oponentes eran despachados de un solo disparo limpio. No había diversión alguna en ellos. Solo unas decenas de personas, viejos arrugados que se lamentaban de la pérdida de las viejas costumbres, los veían.

Las personas más jóvenes de la ciudad desdeñaban tales principios, ya anticuados, y preferían sensaciones más directas. Eran ellos los que convertían el simple asesinato en masa en un arte, ya que en sus ceremonias no había espectadores, todos eran participantes. Ninguna muerte se parecía a las demás, cada una era única, una bella alabanza a la violencia irracional y enloquecida que bramaba en el interior del ser humano. Las espadas, dagas, hachas, alabardas y toda clase de armas de filo centelleaban reflejando la luz del sol abotargado, antes de cortar la carne y manchar sus hojas plateadas con el icor de los caídos. Junto a estos elegantes utensilios, convivían otros más rudos pero no menos apreciados por los habitantes de la ciudad. Eran entonces los martillos, mazas y similares quienes irrumpían en escena, quedando sus superficies salpicadas no solo de sangre, sino de polvo de hueso pulverizado, carne y diversos tejidos reblandecidos por el asfixiante calor.

Las cobardes armas de fuego estaban prohibidas en aquellos combates, solo se permitían algunas ballestas y arcos de corto alcance, en ocasiones especiales. E incluso entonces, eran muchas veces desdeñadas por sus usuarios, ya que ¿qué clase de placer se obtenía en matar de aquella manera? Era igual que con las armas de fuego. La sangre no salpicaba las manos ni se derramaba en grandes cantidades sobre las losas del suelo, creando nuevas capas de sangre seca que cubrirían a otras más antiguas, pestilentes y duraderos testimonios de las ceremonias y festejos del pasado.

Y los festejos llevaban celebrándose de aquella manera durante siglos, imitando la costumbre de los ya desaparecidos ancestros de la ciudad. Los niños y algunos mayores ya encorvados y arrugados esperaban en los frescos soportales de la zona elevada de la ciudadela, ajenos al sangriento espectáculo que se desarrollaba en las estrechas callejas de más abajo, sin prestar atención a los gritos de dolor y rabia que hendían constantemente el aire.

Cuando volvían los supervivientes de la celebración de cada día, la comunidad se alborozaba. Era día grande ya que, una vez más, se había rendido culto y se había glorificado a las antiguas costumbres, establecidas hacía más de doscientas generaciones. Las armas eran limpiadas y puestas a punto para el día siguiente, los más pequeños escuchaban atentos los relatos de los más mayores, embebidos y embargados por el olor de la sangre caliente, y después todos dormían, salvo algunos grupos de niños que jugaban y peleaban, imitando a los más mayores. A veces, cuando a alguien se le iba la mano en uno de aquellos juegos infantiles, todos se miraban unos a otros y asentían con la cabeza, cumplidores de su deber a pesar de su tierna edad. Unos minutos más tarde, el juego proseguía, mientras el cadáver de un niño, rodeado de inmundicia, se pudría tras haber sido arrojado sin contemplaciones a las profundidades de un pozo negro.

Y al tercer día, todos los supervivientes se levantaron e iniciaron su marcha a las callejas estrechas, situadas en la parte baja de la ciudad. Allí comenzaron de nuevo los festejos. Los combatientes volvieron a enzarzarse en gloriosas peleas, moviéndose con dificultad, pisoteando y reventando cadáveres hinchados con los gases de la putrefacción. Pero aquel era el tercer día, el último del largo ocaso, debían darse prisa si querían rematar bien aquel ciclo.


Cirithol, sumo sacerdote del templo, se inclinó un poco a su derecha, cansando de estar tanto tiempo de pie. Siempre le llenaba una gloriosa sensación al presidir los festejos, pero ya iba viejo para aquello. Seguramente, el próximo ciclo, sería mejor que le sustituyera uno de sus acólitos en la tarea de presidir la celebración desde la balaustrada de mármol, situada en la fachada de ónice del templo de la plaza mayor. Allá abajo los jóvenes y los no tan jóvenes honraban lo que estaba escrito en los más antiguos y polvorientos murales de las criptas, donde se relataban las historias de los ancestros, del inicio de los tiempos, del advenimiento de la raza sobre la tierra.

Tras él, dos cenobitas portaban grandes incensarios de metal. Canturreaban una grave letanía desde las oscuridades de sus capuchas, balanceando suavemente de un lado al otro los incensarios al compás de sus plegarias, elevando al cielo sendas columnas de humo.

Aspiró fuertemente el olor del incienso, entremezclado con el de las celebraciones de más abajo. No sintió que se llenaba el corazón de fe y puro éxtasis ante los aromas de la sangre y del miedo, de las lágrimas y de las heces de los cobardes y del sudor de los esforzados y valientes. El estómago se le revolvió, su vista se nubló y sintió como le llenaba por dentro una agobiante sensación de vértigo y mareo. Por un momento temió que fuera a caerse del borde de la terraza, donde apoyaba sus pies arrugados. Por fortuna, logró dominarse, mantenerse en su sitio y calmar el furioso golpeteo de su corazón. Sí, desde luego que ya iba viejo para aquello. Debería haberse retirado, como hicieron sus anteriores compañeros, pero su amor por las obras de los ancestros y su glorificación era muy grande y no podía separarse tan bruscamente del templo, considerado por él su auténtico hogar.

Volvió sus pensamientos y su atención hacia la plaza extendida frente a él. Allá abajo unos arqueros se apostaron en lo alto de unas escaleras ennegrecidas por los incendios y cubiertas de cadáveres. Apuntaron con eficacia, mandando sus saetas hacia el hombre que corría hacia ellos, martillo en mano y escudándose en vano con un fino escudo de metal. Cirithol arrugó el ceño mientras veía como las flechas hendían con facilidad el escudo y se clavaban dolorosamente en la carne del guerrero. Recordaba demasiado bien aquella sensación, cuando era joven y había participado, como era su deber, en los festejos. Aún tenía las marcas de toda clase de proyectiles que se habían clavado en su cuerpo, grandes cicatrices que en otro tiempo le valieron para probar su arrojo y afirmar su odio, ahora transformado en un velado desprecio, por las armas a distancia.

El guerrero mugió de dolor, pero continuó su avance suicida. Otra nueva ronda de disparos chasqueó en el aire como el restallido de un látigo, pero para entonces ya era demasiado tarde, pues el martillo ya hendía el aire con fiereza. Desde donde estaba, el sumo sacerdote pudo oír el satisfactorio sonido de los huesos quebrándose con facilidad y la materia encefálica desparramándose y goteando bajo el demoledor golpe del pesado instrumento de piedra. En el momento en que el arquero se desplomaba, formando un gran charco de icor carmesí al lado del cadáver asaeteado de su asesino, una mujer de la formación dio un grito fiero y salvaje, teñido con tonos de locura, y atravesó al arquero más cercano con los bordes afilados de su arma. En ese momento, estalló la anarquía en el grupo, en el cual sus integrantes comenzaron a acuchillar, patear, golpear e incluso morder con violencia a quienes habían sido sus aliados y compañeros.

Una sonrisa se formó en los labios descarnados del anciano sacerdote y las arrugas surcaron sus pálidas mejillas, mostrando su más que evidente satisfacción.

El espíritu de la celebración aún no se había perdido.



Aquí un relato corto que me saque de la manga hace ya bastante tiempo. Siempre me fascinó la idea de una civilización con unas costumbres e ideas muy diferentes de las nuestras, que enalteciera (de alguna manera) la violencia Twisted Evil

Comentad, porfa, si tengo algún error o un aspecto que créais preciso mejorar.
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