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historias que nunca debieron contarse

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historias que nunca debieron contarse

Mensaje por funeral dreamer el Lun Feb 07, 2011 11:47 pm

Quería empezar a subir algo al foro, y como no sabía bien el qué me he decantado por abrir este post para dejar mis "oneshots".
Espero que si os detenéis a leer, disfrutéis con lo que os ofrezco :33


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~Esencias


Última edición por funeral dreamer el Lun Feb 07, 2011 11:56 pm, editado 1 vez
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Re: historias que nunca debieron contarse

Mensaje por funeral dreamer el Lun Feb 07, 2011 11:53 pm

Os aviso de que la historia es de temática homosexual (chico/chico). Lo digo por si alguien no le gusta este tema puede dejar de leer ya.


ESENCIAS






Huele a primeras gotas de lluvia, a vida encerrada en estado puro y a punto de estallar. De fundirse con el mundo.
Es uno de esos días en el que quieres cerrar los ojos y olvidarte del mundo; en el que esperas que el viento sople y se lleve con él todo lo que te está matando por dentro. Porque hay algo ahí, en el fondo de ti que se está pudriendo poco a poco. Lo sientes gotear, supurar como una herida abierta que no tienes idea de cómo curar....o, mejor, de si tan siquiera habrá alguna forma de hacerlo.
Observas el mundo que se abre ante tus ojos y quieres verlo cambiar. Estás cansado de siempre lo mismo, de que no haya nada distinto que te haga palpitar, gritar, y te llene de vida.
Pero no tienes nada y te sientes tan vacío que no sabes cómo puedes seguir adelante.
“¿Yo avanzar? No, lo que hago es vagabundear por la vida y no sé cómo parar de hacerlo”.
Por eso esperas que hoy sea un día más, ¿por qué iba a ser diferente? Tú no sabes cómo hacer que cambie. Y es por ese motivo que no te das cuenta de como todo el mundo sufre una metamorfosis a tu alrededor. Es como si el universo evolucionara, se expandiera y contrajera en un solo segundo haciendo que todo emitiera una luz diferente. Porque ahora, ahora ya no solo es el sol el que ilumina el universo, no. Son unos ojos verdes casi transparentes que te observan desde lo lejos, unos que te hacen temblar pero no sabes por qué.
“Samuel, ¿llevas la bufanda? Hoy hará frío” “No mamá, no es necesario”.
Pero en este momento te arrepientes de haberla dejado en casa porque sientes como todo tu ser se estremece, de pies a cabeza. De dentro hacia afuera. Es como si tuvieras un terremoto que nace desde el fondo de tu pecho y se expande por cada recoveco de tu cuerpo, obligándote a vibrar aunque tú no quieras.
Aunque lo único que quisieras es esconderte. Desaparecer.
Él camina hacia ti, despacio, seguro de sí mismo y arrebatador. Sabe que es el rey de una pequeña selva de adolescentes, que tiene el mundo a sus pies y puede hacer lo que quiera. Y tú no puedes más que estar de acuerdo ante esa afirmación.
“¿Has visto al nuevo?” “No, Michael, yo no me he saltado la clase para cotillear”. Michael suspira porque no te entiende; no comprende ese pasotismo crónico que tienes, pero continua hablando porque sí. Porque necesita decírtelo todo. “Pues estamos jodidos, tío, se va a llevar a todas las chicas”. Ahora te interesas, un poquito solo. Nada más.
El aire se queda atascado en tus pulmones. Conoces la acción de respirar, la entiendes, aunque solo sea un poco, pero eres incapaz de llevarla a cabo. Piensas por un momento que alguien, con una mano invisible, te está agarrando del cuello para impedirte que sigas respirando. Que vivas y sientas ese momento.
A él no parece importarle tu estado, simplemente sigue acercándose hasta ti y no se detiene hasta que no os separa más que un par de metros. El aire ya no huele a lluvia, sino a colonia buena y a gel de ducha, el día ya no es gris sino que está repleto de pecas rosadas y sonrisa con arrugas en los ojos.
Es felicidad encontrada, alientos que se entremezclan en el espacio, miradas interminables.
“¿Por qué?” “Sus ojos, Sammy. Tiene unos ojos verdes increíbles” . Crees a Michael, porque él tiene algo así como una fijación irracional por los ojos de la gente.“¿Cómo se llama?” “Nathan Collins”.
— Hola.
— Ho...hola
Es un saludo quebradizo porque no sabes bien qué es lo que va a pasar. Porque quieres que ocurra algo pero tampoco te decides a qué. Quizás quieres que dé la vuelta y se vaya por donde ha venido, o tal vez que se acerque más porque siempre le has mirado de reojo cada vez que os cruzabais por el pasillo.
Pides en silencio, por favor, que diga algo. Que te eche la bronca por existir, por interponerte en su camino y no dejarle llegar a su destino...lo que sea, menos lo que dice. Porque para ello no estás preparado.
“A mí nunca me pasan cosas buenas, Michael” le confiesas un día cuando le pillas muy borracho, porque sabes que después no se acordará y porque te duele el alma ya de todo lo que te callas. “Quizá es que pides demasiado. Tal vez lo que tengas que hacer es esperar menos y hacer más”.
—¿Volvemos juntos a casa?
— ¿Tú y yo?— preguntas para asegurarte de que no se ha equivocado de persona.
— Claro. Vivimos casi puerta con puerta, ¿no?
Dices que sí porque a tus labios les es imposible decir que no.



La vida cambia, pero es de una forma tan aleatoria que ni siquiera sabes cuál será su siguiente movimiento. Puede tirarse meses, o incluso años, sin mostrar un cambio para luego ponerse patas arriba en unas semanas.
No la entiendes. No sabes cómo funciona y tampoco te paras a descubrirlo porque por primera vez en tu vida estás bien.
— Sonríes mucho— te dice Michael un día así a bocajarro.
— Lo normal.
— Para ti lo normal es no sonreír en el instituto.
Te ruborizas porque lleva razón, pero no le respondes, ya que si lo hicieras tendrías que admitir muchas cosas. Y es que explicar todo lo que te pasa es muy difícil; es decir que vuelves a tener esperanza danzando por las venas; que lo ves todo multicolor. Pero ante todo, que has pasado de no tener nada que hacer por la tarde a hablar durante horas con una misma persona.
Con él.
“No suelo hablar mucho con los compañeros de instituto”, le confiesas un día sin pensarlo.”¿ Por qué?” “No se me da bien hablar con la gente...”.
El entrenador os manda correr en círculos por el campo y tú lo haces por inercia. Sigues a la masa sin saber bien cuál es el cometido de todo esto, pero lo haces porque no quieres pensar más. Porque los recuerdos se van agolpando uno tras otro, empujándose entre ellos.
“Conmigo sí que hablas” “Bueno, tú eres diferente”. Hay un largo silencio al otro lado de la línea y eso te aterra. Temes haber cometido un error, haber dejado entrever el verdadero motivo por el que tu voz tiembla cada vez que le respondes. “¿Y qué es lo que me hace diferente?”
Tu respiración es cada vez más pesada y el sudor te recorre la piel, humedeciéndola. Los músculos se han empezado a contraer para hacer fuerza y permitirte que las piernas avancen a más velocidad. No quieres quedarte el último porque sabes lo que eso significa:
Quedarse más horas para seguir entrenando.
Y no puedes permitite eso porque hay alguien que te espera. Por eso haces ese último esfuerzo, el que sabes que mañana te producirá agujetas, pero cualquier cosa es mejor que llegar tarde y que él se haya ido.
“Simplemente eres diferente...” “Pero habrá algo que te haga pensar así de mí, Samuel. ¿Qué es?”
Suena al fin el pitido del silbato del profesor. Respiras de nuevo con tranquilidad, inspirando con holgura para llenar los pulmones y espirando con lentitud. Tu caja torácica se tensa por el aumento de tus pulmones y crees por un momento que estos la romperán. No es así.
Te diriges a los vestuarios a darte una ducha rápida, aunque si pudieras no te ducharías porque a cada segundo que pasa los nervios te taladran con más fuerza el estómago.
“Eres alguien especial, disfruto mucho de tu compañía y...”. Te detienes ahí porque te da pavor el decírselo todo. Porque nadie sabe que eres gay y no posees el valor suficiente como para que la primera persona que lo sepa sea aquel a quien amas. “¿Y?” “Eres un buen amigo?”
El agua está fría y se te clava en la piel como agujas de metal. Te quejarías si tu mente no estuviera a miles de kilómetros de allí.
Michael te dice de iros a un bar a buscar chicas guapas, pero tú declinas la oferta asegurando que tienes que terminar un trabajo de una asignatura que seguramente te acabas de inventar, pero con Michael no importa. Para él todo es lo mismo.
“Así que somos buenos amigos, ¿eh?”. El tono de su voz te dice que, por algún motivo, esa afirmación le duele. Contraes tu cuerpo sobre la cama aterrorizado por haber fastidiado lo mejor que te ha pasado en años. “Sí, ¿no?” “Si tú lo dices” Y se corta la conversación.
Anoche no te llamó, recuerdas. Quizás hoy ya no te espere a la salida, tal vez ya se haya dado cuenta de que es estúpido tener cualquier trato contigo.
Sales de la ducha y te vistes a toda velocidad, sin preocuparte de colocar bien la ropa del entrenamiento dentro de la taquilla, o simplemente de despedirte de Michael, quien te mira como se observaría a un desquiciado. Lo único que llena tu cabeza es salir al exterior y encontrarle, porque tiene— debe— de estar ahí.
Hace aire y el pelo húmedo hace que tirites. Si tu madre te viera te echaría la bronca y te diría que no iba a dejarte quedarte en cama si mañana te despertabas con fiebre por hacer una locura como esa. Te da igual. Todo te es absolutamente indiferente excepto verle a él.
Los minutos se dilatan y los nervios se acrecientan al no encontrarle.
¿Dónde está? ¿No me ha esperado? ¿Ya no quiere volver a casa conmigo nunca más?
Son preguntas que se agolpan en tu cerebro y a las que no puedes darle respuestas, porque en realidad nunca supiste qué tipo de milagro ocurrió para que él se acercara a ti ese día. Tal vez sea eso, una muestra de caridad del mundo hacia ti, la cual tiene un tiempo de caducidad.
Cierras los puños con fuerza al borde de las lágrimas....es entonces cuando escuchas un “¡Hey!”. Te giras hacia la llamada con el corazón bombeando con la rapidez que un colibrí bate sus alas, y le ves escondido en una de las esquinas del edificio. Medio en penumbra medio iluminado por la luz rojiza del atardecer.
Hermoso es una palabra que pocas veces has utilizado para definir algo, o a alguien, siempre pensaste que era demasiado, pero ahora con Nathan hermoso te parece poco. Lo malo es que no conoces otra palabra con la que describirle, una que de verdad sea capaz de plasmar todo lo que él significa para ti.
— Hola— le saludas con una media sonrisa, agradecido profundamente de que esté allí.
Te devuelve la sonrisa hasta que ve tu pelo mojado y suspira antes de pasar sus dedos por él. Si no fuera lo más vergonzoso que harías en tu vida, ronronearías de placer por el contacto.
— ¿Por qué no te has secado el pelo? Así podrías enfermar.
— No quería hacerte esperar— suspiras de gusto— además, tenía miedo de que no estuvieras.
— ¿Por qué no debería de estar?— pregunta acercándose a tu rostro todo lo que puede.
Es todo ojos verdes, brillantes como un día de primavera y ves dentro de ellos esperanza, o tal vez anhelo. No lo distingues bien porque estás hechizado por ellos.
Respiráis a la vez, compartiendo el aire y dándoos vida mutuamente. Sus labios están entreabiertos, invitándote a que te adentres en su interior. Deseas hacerlo, pero tienes miedo de las consecuencias, de que te diga que no era eso lo que te pedía y que se vaya sin mirar atrás.
— Antes de ayer yo...dije algo que no te gusto, ¿no?
— No, no es eso. Es solo que...
Se calla y recorre tus labios con la yema de los dedos. Están algo fríos, o quizás eres tú el que arde por dentro, sea lo que sea el cambio de temperatura hace que vibres y jadees por más.
— Necesito más de ti, Samuel. ¿Puedo tener más? ¿Me lo darás?
Tienes noción de dar una afirmación, o solo asentir, y debe de ser así porque Nathan sonríe con dulzura y posa sus labios sobre los tuyos.
Nunca has besado a nadie, no tienes ni idea de cómo hay que hacerlo para que la otra persona disfrute de verdad. Que sienta todo el amor que guardas dentro por él.
Sabe a café cargado, a caramelo recién hecho y a calidez. Te gustan todos esos sabores juntos, simplemente porque vienen de él. Eso es lo que los hace especiales.
“¿Cuál es vuestro color favorito?” . Recuerdas que una vez te lo preguntó una profesora cuando tenías no más de cinco años. “Verde” “¿verde?” “Sí, porque representa a los días de primavera; a los rayos de sol reflejados en forma de plantas. El verde es vida”.
Sonríes aún en la boca de Nathan porque si ahora te hicieran la misma pregunta solo añadirías una cosa más:
“Elijo el verde porque es el color de sus ojos. Porque es la esencia de Nathan”.
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