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"El Desgraciado de la Villa"

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"El Desgraciado de la Villa"

Mensaje por Liare el Lun Ene 02, 2012 1:16 am

Es un relato de "terror psicológico", hmmm, no sé qué más decir, se me ocurrió por un concursillo en algún otro foro, no gané, y me gusta, así que lo comparto con uds. a ver qué me dicen, qué les parece, qué creen que debería mejorar xD
Normalmente y en condiciones normales, aunque no sé si está permitido, pondría enlaces al blog grupal donde lo publiqué, pero todavía no puedo colocar enlaces...
Errrordeimprenta.blogspot.com es el blog O=

El Desgraciado de la Villa
Spoiler:
Su respiración nacía entrecortada por la máscara de oxígeno que portaba como otra parte de su cuerpo desde hace más de una semana. Al principio, cuando yacía consciente y taciturna en la cama, bromeaba en que se recordaba a sí misma como ‘Darth Vader’, su prometido alcanzaba a forzar una sonrisa, porque conocía su situación mejor que ella. Fue siempre el objetivo de la chica no preocupar a nadie, y un estúpido error, de quién sabe quién, había provocado una explosión desastrosa, cuando ella, inocente, se disponía a prender una hornilla; en efecto, un escape de gas.
Los mismos médicos dijeron que era sorprendente que siguiera viva y consciente, pero la lucidez más bien duró poco, comparado con su agonía que duró quince días, de los cuales, su “amado” prometido, solo vivió con ella ocho.
Un desgraciado, sí. Pero eso no decía aquella chica del antro, que le llamaba semental. Un desgraciado, efectivamente, pero los hombres de su clase nunca fueron una “joyita”, ella bien lo supo, pero si al relamer algo su corteza dulce te atrae, ¿por qué no dar el mordisco completo? Con ese mismo razonamiento había actuado el donjuán, si algo te molesta, ¿por qué no deshacerse de ello? La torpeza de Natalie, su sinusitis crónica y él haciéndole experimentar una bonita noche bastaron para que sucediera aquel trágico “accidente”, un día en el que sus padres salieron a una boda de unos familiares, volviendo por la tarde del otro día. Los vecinos fueron los encargados de encontrarla medio muerta en medio del desastre provocado por la explosión.

Entre sus amigos, aquel Casanova era conocido como un tipo cruel y burlón, disfrutaban los días de juerga con él y sus historias siempre tenían un toque que las hacía exquisitas, nunca sabían si habían ocurrido en realidad, pero siempre las disfrutaban de la misma manera: con una gran sonrisa y carcajadas. En su facultad, nombrarlo a él era como nombrar al Marqués de Sade. Tras él se contaban historias que solo él sabía sí habían ocurrido en realidad, y tras él había gente que le lisonjeaba con fin de entrar a su círculo social.
Su nombre, pronunciado por muchos y recordado por pocos, era Jorge Lionel Casablanca, pero su historia sigue escrita como en sangre en la memoria de todos, y cómo no recordarla.
El día en que comenzó todo una llovizna estival rodeaba las calles enmarañadas por curvas cerradas y molestas. El pequeño pueblo en el que vivía, a dos horas de su facultad en carro y a una hora de la ciudad en la que se alojaba su universidad. El tráfico era, sin duda, el causal de la hora demás.
Era de noche y se dirigía a un conocido antro. La música de su pequeño Fiat sonaba fuerte, ignoraba la leve llovizna. Empero, tras el fuerte bajo de los estéreos de su carro, creyó oír una motosierra. Pensó que era el motor, pero se dio cuenta de la estupidez de aquel pensamiento. Pasó a ignorarlo por completo, dando a entender que fue su imaginación, luego de caer en cuenta de que oír una motosierra a altas horas de la noche en medio de una leve lluvia, era tan lógico como ir a una fiesta y no follar.
Llevaba conduciendo cuarenta y cinco minutos cuando se dio cuenta de que no había visto ningún carro. Miró por su retrovisor por simple curiosidad, los faros de una camioneta lo cegaron un instante. La luna miró con cuidado el acto y el viento ululó haciéndose por un instante bastante fuerte. Una fantasmagoría pasó por los ojos encandilados de Lionel.
El hombre fornido se acercó lentamente por atrás, un brazo suyo eran tres de los de aquel desafortunado. Su brazo izquierdo levantó un hacha de leñador. El hombre se quiso fijar en las facciones del victimario, pero no sabía cuánto se lamentaría en sus últimos segundos de vida, cuánto lamentaría que esa oscuridad no consumiera por completo cosa tan horrible. No, no lo pudo evitar. Y cuánto odió tener ojos en ese momento, cuánto odió sentir el filo del hacha herrumbrada atravesar su hombro y llegar a la clavícula; ver su sangre y aquella cara horrorosa, aquel cuerpo deforme; aquella sonrisa burlona; aquella motosierra tirada en el suelo, llena de sangre que no era suya.
Lionel se aterrorizó tanto que casi soltó las manos del volante, pero la experiencia adquirida nunca se olvida, o al menos él no la olvidaba tan fácilmente, porque llevaba más de cuatro años manejando por esa misma vieja carretera y era como una vieja conocida. Otra parte de su vida.

El antro explotaba con cada beat de música que provocaba el DJ, con cada grito de ánimo que salía del MC y con cada grito de gente ya animada. La noche era perfecta, fría y silente en derredor de la ciudad. Perfecta para accionar los algoritmos que había puesto en prácticas millones de veces, automatizado con maestría y desarrolladas con su mismo genio. El procedimiento solía ser el siguiente: Primero encontrar a un blanco fácil, para pasar el rato, chicas lindas con poca confianza, que en realidad no escaseaban y se conquistaban con facilidad, y luego, cuando ya hubiera jugueteado un rato, ir a por la “Reina” de la fiesta, que, aunque no era oficial, siempre se hallaba una.
Esta noche no sería diferente. Se lo había propuesto, quería que fuera su gran noche luego del fastidio de tener que lidiar con la familia de la chica muerta, un par de mentiras por aquí y por allá. Todo listo, no los vería más después de una bonita actuación.
Al final de su noche y la del bombón que traía consigo. Una leve llovizna hizo juego con el frío. El cielo nocturno, pese a tener a Febe escondida, no era tan oscuro y los faroles iluminaban las calles lo suficiente. Prestó a la chica su chaqueta, pues es menester de un donjuán, y la acompañó a su carro juntándola a sí con un brazo. La cogorza había arrebatado todo el bochorno de la chica, solo faltaba la cereza sobre la torta; el “abracadabra”.
La llevó consigo en su carro a un lugar alejado, fornicaron y el frío de la noche los obligó a dormir abrazados (aunque esto fue lo menos que hicieron). Calentándose recíprocamente con sus cuerpos, sin sentir el frío que se ahondaba en sus corazones. La brisa que se escabullía en su Fiat y tocaba sus cuellos inmiscuyéndose en sus sueños de una manera u otra. A excepción de eso, la noche se comportó en orden de la lascivia, y el sueño fue lo último que les sobrevino, cuando al finalizar este último Jorge se encontró despierto por los rayos solares, al lado de la chica que ya había utilizado.
—Oye, despierta— le dijo con su dulzura hipócrita, esperando a deshacerse de ella rápidamente.
Estaba encima de él y no quería perturbar su sueño con movimientos bruscos. Ella misma sabía que solo sería por una noche, pero, a pesar del arrebato que casi le entró al Casanova, no podía dejar que se creara una mala atmósfera a su alrededor.
—¡Oye! — alzó la voz.
Se lamentaba de lo que parecía un sueño bastante profundo. No le extrañaba el frío de las manos de la bella durmiente que tocaban su pecho, lleno de sudor frío (o eso pensaba), pues se “ejercitaron” a lo largo de la noche. Intentó moverse sin despojar de sus sueños a la chica, su cuerpo se sintió especialmente pesado y no fue hasta cuando vio su cara, con una bocanada de sangre (ahora seca) saliendo de su boca, que se dio cuenta de que había muerto.
Miró su pecho y, tal y como esperaba, estaba lleno de sangre. No se alarmó, él más que nadie sabía que tenía que actuar con cautela y hacer desaparecer el cadáver. Aunque los policías fueran holgazanes en el pueblucho en el que vivía.
Cuando salió del carro se fijó que una flema espesa salía de la nariz de la chica, puso un pañuelo sobre su cara para no ensuciar su carro y se dirigió a un pueblo que estaba a tres horas del suyo. Era lo menos que podía hacer. De camino a aquel pueblo lejano, sintió que su jaqueca se hacía cada vez más fuerte, a la vez leves retazos de un cruel sueño aparecían en su mente. Las pesadillas habían dejado de asustarle hace muchos años, cuando se divertía siendo joven torturando animalitos.
Eran buenos momentos, sin preocupaciones estúpidas, pensó.
Recurrió a su labor con diligencia, lo había hecho antes con algunos amigos. Enterrar perros para que nadie se diera cuenta, antes era en el bosque cercano. Pero ese sería el principal lugar donde la buscarían y la darían por desaparecida. En cambio, la llevo a otro viejo bosque, bautizado por los niños como “El Bosque del Leñador del Mal”. Se adentró en él por una ruta rústica al cabo de dos horas y media, y después de un tiempo manejando, habiendo escogido el lugar del funeral previamente, sacó una pala del maletero, esencialmente útil para momentos como estos. “Nunca sabes qué puede pasar”, era su lema. Se conocía bien. Conocía sus tendencias psicópatas y los ataques de ira que le venían a veces. Eran una mala combinación.
Le tomó una hora y media completar el proceso. Sus pies quedaron embarrados, pero la parte difícil estaba hecha. Ahora solo quedaba descansar.
El viaje para llegar a casa fue tortuoso, había dormido poco y el sopor le tentaba en medio de la carretera. Recordó las tardes en las que hacía lo mismo con sus viejos amigos, iban en bicicleta, lo hacían en grupo, pero seguía siendo un procedimiento difícil.

Una vez llegó a su casa, tomó una ducha y se acostó a gusto con el frío vespertino que había, era común en su pueblo. Ahora vivía en un pequeño apartamento que su tío le había regalado al morir su padre, vivía de una herencia que le dejó tras divorciarse de su madre y morir en un accidente de tránsito al año próximo. Estaba viejo, pero era gentil y bonachón, murió a los 60. Jorge tenía justamente un tercio de lo que vivió su padre. Lo recordaba constantemente, a diferencia de su madre… A la que nunca le agradó lo suficiente.
Se tiró a la cama luego de tomarse la ducha, oyó una motosierra de nuevo y la justificó con algún árbol caído… o quién sabe qué. Solo importaba dormir. Dormir…
Había un frío intenso que no le dejaba dominar el tiritar de su cuerpo. Sus dientes castañeaban involuntariamente. La brisa era como un delgado filo rozando su piel. La nieve un leve respiro sobre sus hombros, desnudos. Pero eran una tortura cruel para sus pies, extrañando la calidez de la arena de la playa. Totalmente opuesta a lo que sentía. Se encontraba perdido. ¿Qué le pasaría ahora? ¿Qué…?
Los rastros de sangre que seguía no lo asustaban más que morir en soledad, de esa manera. No se preguntaba siquiera cómo había sobrevivido al frío o a la persecución de aquel loco que se había cortado una pierna con la moto sierra. Estaba salvado… Salvado. Rió.
Se encontró con una pequeña cabaña, que justificó de un guardabosque en otrora. Se apresuró en correr, pero la sangre empezó a brotar de una herida mal sanada hecha por un machete días antes. ¿Cuánto había durado su suplicio y cuánto debía extenderse?
Cuando abrió la puerta de la cabaña todo se volvió negro, como cuando comenzó todo. Oyó un pequeño ulular de un búho que le irritó. Tuvo miedo.
Toc-toc.
Oyó. Pero no vio nada.
Toc-toc.
Se hizo más fuerte. Quiso preguntar quién era, pero cuando intentó abrir su boca sintió un dolor en la comisura de los labios, no, alrededor de ellos. Estaban cosidos. Entró en desesperación quería moverse, pero sentía un hormigueo en todas sus extremidades. Quería abrir los ojos, sentir lo que había a su alrededor. Sintió un ardor en sus parpados, intentó incorporarse pero le fue imposible, no había coordinación en sus movimientos, si siquiera se movía.
—¿Has oído de Lionel?—farfullaron.— Dicen que se volvió loco, siempre encerrado en su cuarto, gritando… Da miedo, pero siempre fue así.
¡TOC-TOC!
—¡PAREN, JODER! ¡PAREN!—gritó—, no es mi culpa… de verdad…— Su voz tembló.
Toc-toc.
Estaba sudado, sus ojos llenos de lágrimas y sus labios resecos. Se levantó cuando se dio cuenta de que era una pesadilla, tenía tiempo sin temer tanto… Tanto tiempo sin temer. Eran las seis de la tarde, así anunciaba su reloj digital en su mesa de noche. Fue al baño, se lavó la cara… y se quiso duchar, pero…
Toc-toc.
Oyó de nuevo. Fue a la puerta con su tranquilidad habitual.
—¿Qué tal estás, muchacho?—Bromeo su tío — ¿Te estaban matando o qué? Esos gritos…
—Fue una pesadilla, como las que tenía cuando era niño…—Sonrío para darle confianza a su tío.—No es nada. Ayer no fue una buena noche.
—Entiendo… pero debes tener cuidado, irse de juerga todos los días nunca es bueno. Que te lo digo yo… tómalo como un consejo entre amigos. Mi hermano, mejor dicho, tu padre, fue el que me hizo entrar en razón a mí. Si no, quién sabe si estaría vivo ahora…— Rió— nos vemos, chico.
Lionel le miró pensativo. Su tío era gentil como llegó a ser su padre, y cuando era más joven y el apenas un niño, siempre lo hacía reír. Todavía ahora, ya hecho todo un hombre, como solían decir quienes no lo veían por mucho tiempo, lo hacía reír. A veces iban a un bar cercano y hablaban. Se llevaban bien. Su mente se despejó de todo un rato y su pesadilla vino a su mente: últimamente sus sueños eran extraños, más que de costumbre.
La noche solía llegar temprano en aquel pueblo, a las seis se solían prender las luces de las casas y las farolas. Jorge no quería salir hoy, pero tenía clase en dos horas. Un relámpago irrumpió el silencio de sus reflexiones. Más le valía salir temprano para no encontrarse con la tormenta que se les venía encima, ya en la facultad se las arreglaría para regresar, incluso si caía granizo.
“Para un conductor experimentado en estas vías como yo, un poco de hielo no será un impedimento”, se dijo.
Así pues, se dirigió a su carro con zozobra. Tenía miedo pero no sabía a qué, cualquier cosa le habría tomado por sorpresa. Cualquier cosa.
Decidió que iría a la taberna de la esquina antes de hacer su recorrido hacia la facultad. Quería una cerveza para tranquilizarse. Siempre le tranquilizaban. Transcurrieron minutos que se le hicieron interminables. Era un trayecto corto, especialmente molesto si se iba en automóvil, pero quería hacer esto rápido para dirigirse a la universidad antes de que comenzara la tormenta.
—¡Joder!— Dijo al irrumpir en la taberna.
Un silencio sepulcral obtuvo de respuesta, pero lo ignoró.
—Me entraron unas ansias feroces de tomarme algo, este frío está jodido.
Un cantinero que consideró un desconocido le respondió con una sonrisa. No lo tomó en cuenta, trataba como amigos de toda la vida incluso a los desconocidos, un mal hábito. A pesar de eso, siempre les decía “Es un viejo hábito, y perro viejo no aprende nuevos trucos”, él reía, los desconocidos compartían una risa hipócrita y todo terminaba bien. Eso se decía para sí.
—Hombre nuevo, ¿eh? Suéltate esa lengua que aquí no mordemos.
Era un hombre fornido, con facciones rudas, estaba golpeado por la vida. Tenía 45 años, pero aparentaba más. Su metro noventa y seis, asustaba hasta a un hombre armado.
—¿Qué desea?— Respondió con una amabilidad que su grave voz, casi fantasmal, le arrebató.
Un viento frío recorrió el bar. Su piel se erizó.
—Una cerveza, o dos, como gustes. Que ando forrado— y río.
La mole se movió con precaución, trajo dos como pidió y dejó tras él un pútrido olor, como de animales muertos y ciénaga con aguas sucias. Lionel se sintió noqueado por la hediondez.
“Mierda, pero qué peste”, pensó.
Las facciones del hombre se volvieron ridículamente espectrales, su piel era grisácea y un gas parecía rodear todo su cuerpo. Su maxilar inferior se volvió más grande en comparación con el superior, unos colmillos le sobresalían de la dentadura animal. Una sonrisa que se deformó en una neblina amoratada, junto al olor fétido.
—¿No era eso lo único que querías?— La tenebrosa voz se distorsionó, formando constantes ecos.
Lionel en un principio agarró las cervezas y se marchó tan veloz como pudo por el fuerte olor. El ambiente era pesado, por lo que mientras se preguntaba qué pasaba, sus pasos se ralentizaron. La presencia del más allá obnubiló su mente. Soltó las dos botellas y sus piernas echaron a correr, reacción lógica.
Sintió un extraño peso en cada una de sus piernas. El camino se hizo sinuoso, pero pudo seguir sin problemas hacia la puerta. No entendía una mierda, pero estaba seguro de que solo estaba soñando. Estaba seguro.
Salió con rapidez hacia su carro, puso las llaves y arrancó como si estuviera en una carrera callejera. El tiempo era una extraña broma de lo que es en realidad, el momento se hizo eterno y el viento que ululaba cánticos extraños, se mezclaba con el rumor fantasmal de la multitud.
Lionel río. Río a carcajadas, como nunca había reído. Se sintió en su hogar por un momento. Vio a su padre, a su madre, vio a todos aquellos a los cuales ya no veía en una extraña orgía que desentonaba más por lo que sucedía a su alrededor que por lo quimérico de la imagen.
Todo volvió a la normalidad, el carro arrancó con un ronquido inusual. Su mente se despejó, pero no el cielo, unas gotas pesadas cayeron en el capo y el techo de su carro y la tormenta comenzó. ¿Pero cuál era la realidad? ¿Qué eran esas visiones insólitas?
Miró el freno de mano, luego su vista pasó al otro asiento y ahí estaban: dos birras intactas. ¿Qué demonios había pasado? Sintió unas risas fuertes salir del bar. Y prendió el carro, que se apagó al rato de su larga reflexión.
Agarró una de las botellas, la destapó y tomó un sorbo. Ya estaba de camino a la facultad, no había tormenta ni ilusión que le atormentaran, un alivio tomó control de su corazón. La cadencia de sus latidos se hizo regular y puso la luz antiniebla. Ya todo está bien, todo había vuelto a la normalidad.
A la hora de viaje su estómago empezó a gruñir, se había tomado las dos cervezas y solo el hambre le carcomía. No había comido nada, menudo estúpido. Sus ojos se dirigieron al camino de árboles que le rodeaba a ambos lados, el golpeteo de las gotas le molestaba, pero no tenía ánimos de escuchar música. No en momentos cruciales como estos.
Ojos rojos le observaban. No había una gran sonrisa tras esos ojos fijos, sin duda alguna, no era Chesire. Él no era tan cruel. Temió por su seguridad, pero asumió que era su imaginación. Había hecho cosas malas, tenía que ser el subconsciente, ese mismo que había ignorado por completo los dos asesinatos que había cometido. Estaba esperando el momento correcto, cual vil cazador, para hacerlo pasar mal por lo que había hecho. ¿Acaso no eran estos signos de culpabilidad?
Por un momento tuvo el vago sentimiento de que había amado a la chica esa, Natalie. Recordó sus tiernos ojos verdes y su sonrisa, ahora socarrona. Torturándole lentamente a la vez que conducía el esta vez sí sinuoso sendero. La sintió atrás de él, a su lado. Era omnipresente, una presencia universal que tomaba parte de sí. Inundando sus pensamientos. ¿Por qué? ¿Por qué lo había hecho?
—¡MENUDA MIERDA!— gritó a la nada.
Su vista se nubló y una lágrima se escurrió en el extremo interno del ojo. Recorrió toda su mejilla hasta llegar al mentón.
Sentía sus ligeros dedos, su suave mano fría recorrer su espalda, como aquella noche, luego pasar por su pecho y acariciar esas aureolas que poseían simbólicamente los hombres, y que comparten con los senos de las mujeres. El ambiente en el carro era tétrico, oscuro y con un leve deje a muerte. Pero no se lamentaba.
No lo hizo hasta que sintió las afiladas uñas rasgar su cuerpo, hacerle cortes y cortes, y más cortes. Superficiales, para provocar que su piel se volviera sanguinolenta y sucia. Como la de Natalie, como la úlcera formada en el pecho de la otra chica, con la bocanada de sangre en su boca. ¿De verdad las había asesinado él?
Tuvo miedo, más miedo del que tuvo alguna vez en su puta existencia. En su malnacida línea de vida había estado tan aterrorizado como lo estaba ahora. El carro se coleó pero estaba muy fuera de sí para darse cuenta de lo que sucedía, chocó contra un árbol que río de su desgracia, su frente fue llevada a un golpe seco contra el volante. Su vista se nubló roja por la herida de la frente. Se bajó del carro, fuera de sí.
¿Qué había pasado con ese dulce niño de hace siete años?
Ese dulce y cruel niño que amarró a un gato por su cabeza y patas traseras a dos bicicletas, mientras sus amigos pedaleaban enérgicamente, con los tiernos maullidos del gato moribundo. ¿Qué había pasado con él?
Una risita tierna pasó por ambos oídos, la misma risita tierna que soltó Natalie antes de irse a un largo sueño.
Se bajó del carro aturdido por el golpe, bajo la torrencial lluvia estival.
—¡¿QUÉ MIERDA ME PASA?!— Sollozó.
El desasosiego se apoderaba de él. Lo había hecho hace mucho, había sido una conquista sin igual, la podríamos comparar con las de Alejandro Magno, su crueldad con la de Nerón.
Corrió a lo largo de la carretera entre la purpúrea neblina, entre la fetidez visceral. El miasma, el caldo de muerte preparado especialmente para él. Entre sus pies sentía la profundidad de las ciénagas más tenebrosas, ramajes, más bien brazos mutilados se interponían con sus piernas. Le agarraban y con sus garras destruían sus piernas, las arañaban y las heridas se llenaban de gusanos provenientes del miasma. Los mismos subían sin pasar más debajo de la epidermis y eran gusanos gruesos, carnívoros y carroñeros. Sobresalían por su piel y su imagen era peor que la de un leproso. Su piel se volvió lívida. De las cuencas de sus ojos salía un líquido negro y espeso, salía por igual por su nariz. Respiraba por la boca y el mismo líquido negruzco se lo tragaba mientras corría. Sabor a vísceras, a óxido, a carne podrida.
Pese a tal suplicio, seguía en pie, corriendo como si su vida dependiese de ello. Desconocía que su vida pendía sobre una fina hebra de cabello, estaba en lo más profundo del infierno y no se daba cuenta.
Tras él estaba Cerbero o una representación humana de él. Tres metros de altura y una voz grave como ninguna, espectral, sin comparación alguna con la del tabernero del inframundo. Sin comparación alguna con algo jamás oído en su vida. Aquellos alaridos que soltaba ese Cerbero (pues, como dije, es la descripción que más se acercará a aquella figura humanoide), eran horribles como ningún otro y el coro formado por los árboles, el viento y la rítmica de la lluvia, solo eran otra tortura que se añadía a las muchas otras.
Lionel cayó de súbito. Todo sonido paró ipso facto. Todo lo horroroso desapareció, a excepción del horrible Cerbero. Estaban él y aquel donjuán desgraciado. Un sonido de motosierra dominó al silencio con facilidad, sus gruesos seis brazos se levantaron en ese mismo acto. Sus tres horribles caras, sus tres… sus tres cabezas. Reían, reían al mismo tiempo que chocaban la moto sierra contra el piso negro. Lionel estaba estupefacto, sucio y herido. No podía hacer nada ante la inquebrantable quimera que ante él se presenciaba.
Un halo de luz apareció dejándole ver todo a su alrededor, la carretera que había recorrido tantas veces. Mojada, la niebla no dejaba ver a más de un metro de distancia. Pero ahí estaba el cruel Cerbero, se abalanzó contra él con la sierra, lo último que vio fue su deforme cara. Si tenía nariz, o boca, u ojos fue un misterio, pues en sus últimos instantes, no pudo comprender su deformidad, ni lo profundo y grave de sus alaridos. ¿O eran suyos aquellos gritos de dolor? ¿O era suya aquella sangre esparcida por la calle? ¿Era suyo aquel cuerpo deforme… era suyo el dolor? ¿La tristeza?
Al día siguiente se dio a conocer que Lionel Jorge Casablanca había fallecido tras haber sido arrollado por una camioneta que pasaba a toda velocidad. El conductor estaba borracho, se encontró a un kilómetro de distancia, no muerto, pero sí con heridas de gravedad; también se encontró su Fiat, que había chocado al salirse de la carretera. Tras su muerte se habló mucho de sus últimas horas de vida. Su tío contó que ese mismo día había tenido una pesadilla, como cuando era niño, había gritado como si lo estuviesen matando. El cantinero de la taberna dijo que había formado una escena en su bar, le dio dos birras y tuvo que sacarlo a la fuerza de ahí. Gritaba cosas sin sentido alguno.
Con el paso de los años lo conocieron como el “Desgraciado de la villa”. Se contaron historias de terror sobre la carretera número 52, en la que había muerto…
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Re: "El Desgraciado de la Villa"

Mensaje por Tentaciones Sky el Lun Ene 02, 2012 2:08 am

¡Una historia muy bonita e inquietante! Deberías hacerla más larga, estilo novela.
Éste es mi blog: http://tentacionessky.blogspot.com
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Re: "El Desgraciado de la Villa"

Mensaje por LizVargas el Lun Ene 02, 2012 3:45 am

Yo quitaba esos tres puntos del final, se sobreentiende el misterio.
Creo que Jorge necesita una razón para pasar ocho días con Natalie, una chica moribunda en un hospital. A mi parecer, por la manera en que lo has pintado, resulta bastante inverosímil que pasara más de un día junto a ella.
Me resultó confuso, pero en éste caso, eso es bueno, difuminaste la línea entre la realidad y su realidad, de cualquier manera, creo que si pudieras hacerlo de manera que fuera Jorge quien lo narrara todo, conseguirías un efecto muchísimo mejor.
Y bueno, me gustó bastante como desarrollaste al personaje y en sí, la historia es bastante buena así como está. What a Face

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Re: "El Desgraciado de la Villa"

Mensaje por Liare el Lun Ene 02, 2012 5:38 am

Podría ser(lo de los 8 días), no le di muchas vueltas a eso, y nadie me había puesto a pensar en ello xD...
Puede haberlo escrito en 1era persona, pero precisamente porque era más fácil causar impacto y ya había escrito varios relatos en 1era persona por ese tiempo, quería uno en 3era persona(una especie de reto).
Pero los tres puntos se ven tan geniales... Jaja, a veces los pongo y ni me doy cuenta D:
Sobre hacerlo novela, nunca se me había ocurrido, me gusta como está... :/ Otra cosa que pensar xD
Gracias por leer, Sky, Liz
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