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El safari del futuro

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El safari del futuro

Mensaje por Chewe el Mar Mar 26, 2013 12:24 am

Quiza llegue a ser un novela adulta, por ahora es un feto en desarrollo...
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La ciudad se extendía a sus pies, las ruinas grises de los edificios estaban empezando a ser coloreadas por las plantas trepadoras, que testarudas, iban colonizando el hormigón con sus incansables raíces.
Corría por las azoteas de los rascacielos, sus poderosas piernas le impulsaban mientras sus pies esquivaban instintivamente cada uno de los escombros que podrían provocar una caída mortal. Los rayos del sol se reflejaban en su piel morena, el sudor hacia brillar su cuerpo resaltando los músculos que vibraban con cada salto. A medida que se alejaba del centro, las construcciones iban perdiendo altura, cada vez tenía que esforzarse más para superar las distancias entre los edificios.
Pronto llegaría a la muralla, mas allá estaban sus ansiadas presas. Las flechas repiqueteaban dentro del carcaj a ritmo de sus pisadas. Agarró el arco con ambas manos un segundo antes de ejecutar la perfecta pirueta que le dejó colgando del cable de acero.
Los juegos olímpicos habían dejado de celebrarse hacia mucho tiempo, pero la ejecución sin duda le habría valido una medalla en gimnasia artística. Yang no sabía nada acerca de competiciones deportivas, solo conocía la supervivencia.
El metal de su arco rechinaba estrepitosamente contra la tirolina. La velocidad llegó a su punto máximo cuando pasó encima de la construcción de piedra negra que rodeaba la ciudad. La muralla fue diseñada para protegerse de los monstruos que poblaban el exterior, pero había acabado siendo una fortaleza para ellos. Hacía años que no podía pisar el suelo, se veía relegado a utilizar los tejados de los edificios en ruinas para desplazarse por lo que una vez fue una gran urbe. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran la demostración gráfica de lo que pasaba si caminabas por las calles atestadas de esqueletos metálicos de todo tipo de vehículos. Los huesos de los seres orgánicos habían sido devorados hace tiempo.
El cable de acero se enrollaba alrededor de un árbol enorme, de más de dos metros de diámetro en la base. Yang no sabía quien había dejado allí la cuerda, sólo le importaba su utilidad, le permitía llegar a su coto de caza, la carne escaseaba dentro de la muralla y no se podía vivir tan solo de patatas y zanahorias, aunque Jim opinara lo contrario.
Hizo un doble mortal con tirabuzón para caer en el lecho del bosque, las volteretas absorbieron el impulso y le dejaron de pie sobre la tierra, se agachó y cogió un puñado de hojarasca, lo olió saboreando el aroma de la naturaleza, después de un segundo de unión con la madre Gaia volvió a hacer lo que mejor sabía.
La melena negra ondeaba como una bandera tras él mientras recorría los cien metros que le separaban del rio en menos de diez segundos, consiguiendo su segundo oro del día. Subió rápidamente al árbol que le solía servir de puesto de observación de las presas. Se hizo una coleta con gesto automático, no podía arriesgarse a que el cabello le nublara la vista en momento del disparo.
Encordó su arco rápidamente, apuntó a la brecha en la espesura por la que las bestias bajaban al abrevadero y esperó. La flecha no tembló ni un ápice en los incontables minutos de espera, la sombra de los arboles se movió apreciablemente a sus pies hasta que una nariz se asomó recelosa por a traves de la vegetación.
Detrás del hocico llegó la cabeza, era una hembra vieja, de más de quince años. Las manchas de su largo cuello estaban despeluchadas, sin duda ya había vivido bastante. El enorme animal mostró su pecho vulnerable. La primera flecha voló hacia su destino, antes de clavarse profundamente en el ojo, un segundo proyectil salió disparado del arco de acero para atravesar el corazón de la jirafa. La cabeza de la bestia cayó fulminada sobre las aguas poco profundas del rio.
Yang vadeó el torrente soltando el hacha de doble hoja de la funda de cuero de su espalda, tenía poco tiempo antes de que llegaran los depredadores, no era el único al que le gustaba la carne. El arma hendió el jugoso lomo del animal, arrancó de dos golpes un pedazo de unos veinte quilos de proteína. Estarían bien alimentados una buena temporada, hizo un fardo ayudándose de la cuerda del arco y del mango del hacha y se lo colgó a la espalda.
Arrancó las valiosas flechas del cadáver sanguinolento. La cara de Jim iba a ser un poema cuando viera el éxito de la cacería, cada vez estaba más obsesionado con la seguridad, siempre le ponía pegas a sus excursiones, si fuera por su único compañero, no saldría jamás del refugio. Al menos era consecuente, porque jamás respiraba al aire libre, parecía haberse adaptado perfectamente a la soledad. Yang era diferente, necesitaba sentir el cielo libre sobre su cabeza.
El camino de vuelta iba a ser más lento, corría cargado, así que apenas consiguió subirse al podio en la carrera hasta la cuerda de más de doscientos metros que pasaba por encima de la derruida muralla negra.
Hubo un tiempo en el que necesitaba preguntar con un trino secreto si alguien se disponía a bajar por la tirolina para evitar accidentes, pero esos años habían acabado, era el último de los cazadores de la última ciudad.
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Chewe
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