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Janecka

Mensaje por pedrogfleming el Miér Jun 24, 2015 4:22 am

Los gritos feroces de los cabezones me despertaron. Abrí lentamente los ojos, pero algo me agarró de la muñeca y me jaló hacia afuera. Con los ojos aun cerrados, sentía el frío del alba que quemaba mi piel reseca. Los abrí y vi a uno de ellos empujando a Janica Wójcik fuera de su tienda. Ni siquiera le habían dejado tiempo para ponerse algo de ropa. Y allí estaba desnuda junto a otras que al igual que ella, apenas habían tenido tiempo de ponerse su vestido a rayas. Me recordaba a  aquellas tardes junto con mi madre y hermana que nos bañábamos en aquella laguna junto al bosque, evitando a toda costa el baño semanal que nos imponía nuestra madre, sólo que ahora la situación era un tanto diferente. Su hija estaba junto a ella, con un pecho sobresaliendo penosamente. Esa teta consumida por el hambre, sin brillo ni consistencia alguna, cayendo por la fuerza de la gravedad como una pasa de uva amarga y reseca. Trate de no mirarla mucho y me junte con el resto.

Nos conducían a todas al centro del campamento. Mi hermana Irenka se puso junto a mí y me agarró de la mano. Ella era bastante mayor, ya tenía 16 años y medio. Era muy alta, casi como lo había sido mi madre. Nos reunimos todas las vecinas allí, rodeadas por los brutales cabezones y sus armas ruidosas. Uno de ellos se paro sobre una caja y con un cilindro sonoro en la mano, nos instó a que nos acercáramos. Me vino a la mente la imagen de mi padre sobre el pórtico, llamándonos de vuelta a casa desde el pórtico. Temerosas, nos movimos tan solo unos pasos en su dirección. Nos miró a todas, inclusive a mí pese a mi altura. Apenas le llegaba a la cintura a Laska Kowalski, nuestra vecina de la tienda de al lado que tan solo tenía dos años más que yo y se pasaba todo el día llorando. Volvió a levantar el tubo y nos ordenó que no intentáramos huir de allí, que el Fuhrer tan solo quería lo mejor para su pueblo, que él nos iba a hacer trabajar en pos de una Alemania fuerte y orgullosa. Yo no entendía muy bien a qué se refería con trabajar, yo era demasiado chica como para hacer algún tipo de trabajo. No me imaginaba contando billetes como hacía tiempo atrás Bartosz Szymnski, o atendiendo algún almacén como Morelia. ¡Tan solo tenía 10 años y medio, jamás había visto a ningún niño trabajando en ese tipo de cosas! Tal vez me mandaran a ayudar alguien con su tienda, eso sí tendría sentido. Y por unos minutos más, el hombre de la gorra chata siguió vociferando hacía nosotros. Hasta que se canso y bajó del cajón. Al instante, sus amigos con el largo abrigo nos condujeron a todos por el campamento. Si que hacía frío ese día. Caminamos con mucha dificultad por el barro, aunque mucho no me molestaba ya que cuando vivíamos allá en casa me pasaba todo el día jugando en el barro con Alfons. El frío y húmedo líquido marrón se pegaba a nuestros vestidos, ralentizando nuestro andar.

Finalmente llegamos hasta un edificio largo blanco que se extendía hacia atrás. Había dos de ellos apostados a los lados del cobertizo esperando que pasáramos todas. Entramos lentamente y fuimos pasando hasta el fondo. Había cuatro hileras de mesas, sin sillas a los costados. En todas ellas había cajas llenas de agujas y demás cosas que usaba mi abuela para tejer esos abrigados suéteres que usábamos con mi hermana en pleno invierno de Zeindeen. Nos ordenaron que nos pusiéramos a los lados y que empezáramos a cocer y enmendar los trozos de tela descoloridos que había sobre la mesa. Lo único bueno de aquella actividad era que nos mantenía en calor. Ellos estaban lo suficientemente abrigados para no pasar frío, pero nosotras apenas llevábamos un largo vestido que en algunas cubría las rodillas y en otras apenas llegaba a los muslos. Yo le daba y le daba a la aguja, tratando de hacerlo como tejía y enmendaba mi querida babcia. Pero era muy difícil. Trabajamos durante mucho tiempo, y mis manos ya se empezaban a cansar. El frío nos calaba en lo huesos, el ruido de los dientes titiritando resonaba en todo el taller. Esperaba ansiosa un reloj, una campana o timbre que anunciara el fin de la jornada, como en la escuela de la Srta. Kotschy. Yo veía como las demás seguían hilando y enmendando pese al cansancio, así que junté fuerzas y traté de seguir. Y cuando mis brazos parecían que iban a chocar unos con otros y caer sobre el agrietado suelo, uno de los gruñones gritó una orden y todas pararon. Yo las imité con gusto y me quedé quietita en el lugar, tal como había aprendido allí. Volvimos a emprender la vuelta a nuestras casas. Al parecer, había nevado mientras trabajábamos con las agujas, y la nieve me llegaba hasta las pantorrillas. Se hacía difícil caminar, pero el miedo que me daban ellos podía más. Y así marchamos en fila hasta llegar a nuestras casas. No era tan linda como la mía allá en el campo, pero mi hermana no paraba de decir que podrían habernos puesto a la intemperie. Ahí sí que hubiese sido mucho peor. Entré a la mía y me dirigí a mi cama. Me acosté sobre ella y me quedé mirando el techo. Si que estaba cansada, tanto como si hubiese corrido todo el día por el bosque. Mi hermana se acercó con un pedazo de pan duro. Lo tomé y lo comimos en silencio. Hacía rato que no comía, ya venía escuchando el ruido que hacía mi panza. Apenas recordaba el sabor de aquellos panecillos horneados que solía hacer mi madre, y aquellos dulces del almacén del padre de Morelia. No tenía energías ni para permanecer despierta. Ella se levantó, me dirigió unas pocas palabras y se fue para la suya. Lentamente cerré los ojos, y poco a poco se fueron desvaneciendo los colores y los sonidos se perdían en la oscuridad.

Un movimiento extraño me despertó. Algo  rozaba  piel. No le di mucha importancia, siempre había algún que otro bichito en casa dando vueltas. Pero sentí un pinchazo en el muslo. Miré hacia abajo y vi a nuestro perro Slutz. Traté de correrle la cabeza, pero el insistía. Puso su hocico sobre mi pierna y comenzó a subir, oliéndolo y lamiéndolo por doquier. Basta, basta, le decía yo a Slutz. Pero el insistía. Hasta que me mordió en el muslo. El dolor fue tan intenso que un espasmo recorrió todo mi cuerpo. Abrí los ojos y traté de ver a través de la oscuridad. Una silueta estaba sobre mí. No sabía quién era ni que hacía ahí. Había suficientes camas como para que alguna tenga que compartirla con otra. Estaba a punto de gritarle que no me moleste, pero me puso la mano en la boca y no pude decir nada. Sentí el sabor salado de su mano mugrienta. Nada de eso me estaba gustando. Se puso aún más encima de mí todavía y empezó a pellizcarme en las piernas. Yo intentaba gritar, llamar a mi hermana, pero ningún ruido salía de mi boca tapada. ¿Qué quería? Intenté zafarme, pero nada podía hacer, era bastante más grande que yo. Tenía miedo, no sabía que hacer. Podía distinguir sus pelos sueltos que se movían de un lado a otro mientras me rasguñaba la piel. Sentía sus uñas cortarme lentamente, el ardor que se esparcía por la zona.  Basta, quería que se vaya. Comenzó a desesperarme, sin llegar a comprender que estaba pasando. Yo solo quería dormir. Y comenzó a lastimarme con sus dedos en el pecho. Podía oler mi propia sangre emanando lentamente de las heridas que me dejaba. Hasta olía el olor que largaba su cuerpo, su mugre asquerosa que impregnaba todo mi cama. Traté de empujarla con mis manos, de apartarla, de golpearla, pero no había caso. Ella tenía el control, estaba sometida a su voluntad. Podía escuchar su jadeo en medio de la acción. Y se reía, podía ver en medio de la penumbra sus  dientes torcidos, su aliento asqueroso que se me pegaba en la cara como una pintura macabra. Bajó una mano y la paso por abajo de mi vestido a rayas. Sentí como su helada mano penetraba en mí. El dolor en el vientre se agudizaba. Tenía las uñas largas y filosas, como una bruja. Y así me cortaba, sin entender que estaba haciendo y por qué. Tan sólo quería que esta pesadilla terminara. Bajo la cabeza y besó mi frente, después mis cachetes, y por ultimo mis labios. Pude sentir su saliva pegarse a mis dientes, su lengua pasando por mi boca. Su aliento rancio que se esparcía como el polen en los campos sobre mi piel. Hasta ese momento, había tratado de luchar, de sacármela de encima, pero me resigne ante ella. Las lágrimas caían de mis ojos. El terror se apoderaba de mi cuerpo. Su mano  entraba cada vez más y más, sin límite alguno. Y lo que antes era dolor, comenzó a tornarse en un poco de placer. No entendía cómo ni por que aquél dolor me relajaba. Levantó su mano y me destrozó la parte superior, dejando mis tetillas al aire. Las apretó bruscamente y tironeó de ellas, sintiendo como destrozaba mi pequeño cuerpo. El pecho me temblaba, el sudor caía por un costado mezclándose con el de ella, acompañado de mi sangre. Decidí que no podía permitirle más, e intenté tirarla a un lado, consiguiendo tan solo que perdiera el equilibrio y me pegara en la cara. Cansada, me dio vuelta y me toqueteó la espalda. ¿Qué buscaba? Con una mano en mi boca y en otra en mi espalda, sentí súbitamente sus dientes cortando mi piel. El dolor era intenso, recorriendo toda mi espalda. Intenté gritar, pero no podía. Quise pedir ayuda, pero nadie me escuchaba. Ningún sonido salía de mi boca. Estaba paralizada por el miedo. Sentí como su mano bajaba nuevamente por mi cintura, hasta colarse entre mis nalgas. Lamió cada uno de ellas, como si del más suculento fruto se tratara. Aguantaba la escena con horror, gimiendo y rezando por su fin. Y los volví a sentir... A sus dedos finos y filosos como garras... Acariciando mi ano para después meterlos profundamente. Empecé a desesperarme. Basta, no quiero más.... Que acabe esto, por favor... Adentro, afuera, adentro, afuera... Una secuencia que no tenía fin. Y ella reía, disfrutaba de todo aquello. ¿Dónde estaba Irenka? Necesitaba de ella más que nunca... Estaba a tan solo unos pasos... Pero la otra no me dejaba... No me lo iba a permitir... Era parte de su juego extraño... Sentí como se aflojaba mi estómago y el olor asqueroso que salía de mi propio cuerpo. Mis asquerosidades manchando mi cálida cama. Pero a ella no le frenaba aquello, al contrario, la alentaba a seguir más y más... Traté de intentar una vez más escapar de allí, pero me volvió a sostener y esta vez me golpeó en la nuca con la mano. Mi cabeza volvió a caer pesada sobre el duro colchón. Escarbó con sus finos dedos y me puso la mano sobre la cara, manchándome todo el rostro con mis propios desechos. El sabór metálico de la sangre inundaba mi boca. El olor era insoportable, sentía todo la cara pegoteada de aquella fétida crema. Me acarició la oreja mientras dejaba entrever los pocos dientes que le quedaban y volvió a colarme la mano. Más y más salió de allí, para después depositarlo en mi pecho, en mi garganta. Y cuando ya nada quedaba, introdujo su dedo por mi boca, degustando aquél sabor rancio y oriundo con mi lengua. Comencé a tener arcadas, mi estómago se contraía, mi cara interpretaba una mueca de asco, lloraba. Finalmente, sin aguantarlo más, vomité sobre mi pecho. Ella rió, demasiado alto para que las demás no la escucharan. Alguien se levantó a nuestro lado, gritó y exclamó su nombre. Ya no escuchaba nada más, ni veía nada más. Estaba lejos de allí, de nuevo en mi vieja casa en el pórtico con mi padre, sentada sobre su regazo. Escuché a lo lejos gritos de sorpresa, de enojo, de ira. Golpes, cuerpos que caen contra el frío piso. Irenka que exclamaba mi nombre... Janecka...
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